Este marzo 7 de 2026, doce presidentes latinoamericanos —todos alineados con la visión MAGA de Washington— se reunieron con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en Miami para lanzar una iniciativa regional llamada Escudo de las Américas.
Según la Casa Blanca, el plan busca enfrentar la inmigración irregular, el crimen organizado y contrarrestar la influencia de China en el continente. Pero no asistieron dos de las principales potencias de la región: Brasil y México.
Tampoco asistieron los presidentes de Colombia, Guatemala y Uruguay. Y, por supuesto, no apareció Venezuela, atrapada en el juego de poder entre Washington y el viejo y rancio chavismo.
Más que una cumbre con objetivos estratégicos en común, fue una especie de visita guiada que la administración Trump organizó para los 12 presidentes de extrema derecha a través de su mansión en Florida.
Los mandatarios se emocionaron con la posibilidad de lucir un pedacito de la notoriedad del mandatario estadounidense. Trump les dedicó cuatro minutos a cada presidente en reuniones bilaterales y un minuto adicional para posar frente a las cámaras.
El mensaje clave para los mandatarios latinoamericanos era una oportunidad que no podían rechazar: una “alianza” con la potencia económica y militar que ataca a sus enemigos sin necesidad de legitimidad internacional.
Tal vez, tal vez, Trump los trataría como socios y no como lacayos.
Trump se apodera de Venezuela
Pero el Escudo de la América —liderada por la recién despedida exsecretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem— no es lo que los mandatarios latinoamericanos les dicen a sus ciudadanos. La iniciativa es el primer intento de articular una visión regional del trumpismo.
Pero a diferencias de administraciones demócratas y republicanos del pasado en las que incluían un componente de cooperación directa, el Escudo de las América parece ser la cara amistosa de una visión gringa de “decapitar y delegar”.
Estados Unidos practica una diplomacia que oscila entre el chantaje y la explotación de las vanidades de los líderes mundiales. La cumbre funciona como una audición para quien aspire a convertirse en heredero MAGA en Latinoamérica.
En esta agenda, los derechos humanos se colocan en segundo y tercer plano —cuando no ignorar— bajo pretexto de defender la seguridad hemisférica, definida enteramente por Trump. La punta de lanza de esta nueva etapa es la colaboración de Estados Unidos en labores de seguridad en Ecuador.
Para Trump, el Escudo de las Américas, presentado como un acuerdo militar regional, parece perseguir dos objetivos. El primero es convertir a las fuerzas militares y policiales de los 12 países —incluidas las de Costa Rica, que no tiene ejército— en instrumentos de Estados Unidos. Una idea no tan nueva.
Esas prioridades podrían ir desde la militarización de la migración —por ejemplo, desplegar tropas en zonas fronterizas para detener migrantes como si fueran amenazas militares— hasta el envío de soldados latinoamericanos a conflictos en los que la presencia de tropas estadounidenses resultaría políticamente impopular.
El segundo objetivo sería expandir la compra de equipo militar estadounidense en un momento en que la influencia global de Estados Unidos enfrenta crecientes desafíos y China emerge como su principal competidor.
Aunque las tonalidades ideológicas del acuerdo son claras, me parece que este acuerdo tiene más finalidades tácticas que ideológicas. Al mismo tiempo, es obvio que lo que Washington quiere son recursos naturales.
La administración Trump ha firmado acuerdos con países de la región en los que estos ceden su derecho a adquirir tecnología fuera de Estados Unidos y se atan las manos para imponer tasas e impuestos a productos estadounidenses. Estos acuerdos fueron firmados por El Salvador y Guatemala días atrás.
Bukele, un carcelero por sobrevivencia
En esencia, el Escudo de las Américas busca imponer una agenda militarizada contra el narcotráfico y profundizar la criminalización de la migración irregular hacia la frontera sur de Estados Unidos.
A cambio, Trump recompensa a ciertos líderes de la región —desde conservadores tradicionales como Nasry Asfura, Daniel Noboa y Santiago Peña, hasta los criptoautoritarismos como el de Nayib Bukele— con una amistad para las vitrinas.
Ese gesto tiene valor simbólico: permite a los aparatos de propaganda nacionales presentar una sumisión casi total a una agenda extractiva como si fuera un triunfo diplomático.
La diplomacia de Trump no busca cambiar regímenes, sino extorsionar a cualquiera dispuesto a aceptar sus condiciones. El Escudo de las Américas es una nueva herramienta en la que, a cambio de fama, los gobiernos y las fuerzas armadas de la región se pueden convertir en ejércitos privados de Trump.