En un reciente viaje a Brasil, invitado por los industriales de Sao Paulo, el ministro de Seguridad salvadoreño Gustavo Villatoro dijo que “como personas creyentes junto con el presidente Nayib Bukele” tenía la obligación moral de contar cómo ganaron la batalla contra “esos seres de la oscuridad”.
Por ridículo que suene –sobre todo porque esos “seres de la oscuridad” fueron socios de su presidente durante muchos años–, el lenguaje mesiánico de Villatoro no era casual. Hablaba en un país en el que las iglesias evangélicas influyen enormemente el voto de los ciudadanos. Villatoro hablaba frente a cuatro candidatos presidenciales de la derecha brasileña, a pocos días de la primera vuelta presidencial.
Flavio Bolsonaro, el favorito entre ellos, ya había visitado El Salvador para “conocer de primera mano el modelo Bukele” y volvió a Brasil a prometer su implementación.
En América Latina, las siete elecciones presidenciales anteriores a la brasileña fueron ganadas por candidatos que alabaron el modelo Bukele o abiertamente lo adoptaron. En esta lista están Milei, Kast, Noboa, Fujimori, De La Espriella, Fernández y Asfura.
Trump se apodera de Venezuela
El colombiano Abelardo de la Espriella ha llegado al extremo de imitar la estética y los manierismos de Nayib Bukele. Laura Fernández acaba de inaugurar el CACCO en Costa Rica, una megaprisión inspirada en el CECOT; y Keiko Fujimori hizo la semana pasada la peregrinación a San Salvador, a retratarse con las postales del bukelismo: el presidente y su megacárcel (Keiko, cuyo padre Alberto dio un golpe al legislativo como también lo intentó Bukele –que luego se lo dio al judicial– y que también restringió severamente derechos ciudadanos, se paseó por el CECOT guiada por Villatoro, que le mostró en carne viva a las sometidas criaturas de la oscuridad).
No significa, desde luego, que el modelo Bukele sea la razón de los triunfos electorales de la extrema derecha. Pero es una clara ilustración de las coordinadas coordenadas de esta extrema derecha americana: El oportunista discurso de seguridad para justificar el verdadero proyecto de concentración de poder, impunidad y control poblacional.
El lenguaje bíblico y las alianzas con iglesias evangélicas son también elementos comunes.
Otro, igual de visible, es su alineamiento con el movimiento MAGA de Estados Unidos y la llamada “Doctrina Donroe” impulsada por el presidente Donald Trump, anclada en el Escudo de las Américas. Otro más es el desprecio por los derechos humanos, las políticas ambientales y la ciencia; el desconocimiento de opositores y críticos; el discurso de odio contra todo lo que no se acomode a su proyecto. La deshumanización del otro.
Con todo lo anterior se identifica Flavio Bolsonaro y también su padre y mentor político, Jair, condenado a 27 años de prisión por intentar que hordas de seguidores se tomaran violentamente Brasilia, la capital, y lo reinstalaran en la presidencia, tras su derrota electoral contra Lula en 2022.
Este año, Flavio Bolsonaro ganó la primera vuelta y su triunfo en la segunda, sobre Lula, parecía inevitable. Todo indicaba que la extrema derecha latinoamericana, que cada vez más parece una organización criminal internacional, se haría con la economía más grande del continente. El dictador del país más pequeño de la América continental, el salvadoreño Nayib Bukele, aprobaría su prueba de fuego como epicentro de la oleada extremista. Y Donald Trump tendría, con las salvedades de Uruguay y México (Cuba, Nicaragua y Venezuela son casos aparte), toda la región a sus órdenes.
Esto es lo que no pasó en Brasil. Lo que sus ciudadanos, movilizados a última hora, malograron, evitando así la definitiva desprotección del Amazonas, el grave deterioro de su vida democrática y la anulación de los derechos humanos universales y el estado de derecho.
No es que Lula sea, usando el manual de marketing bíblico de Villatoro, un ser de luz enfrentando a la oscuridad. Es un octogenario incapaz de abrir espacios a nuevos liderazgos; un presidente que tuvo un pobre tercer periodo presidencial; es el caudillo de un partido convertido en un aparato, que ha perdido vigor y espíritu de sacrificio por los principios y los ha sustituido por burocracia, adicción al poder, corrupción y acomodamiento. Que ha llevado a los brasileños de la ilusión a la frustración e incluso a la indignación. O a la resignación.
Pero su épico triunfo en la segunda vuelta ha evitado que pasara lo que iba a pasar si ganaba Bolsonaro.
El método Bukele para saquear el estado
El modelo Bukele, paradigma propagandístico de la extrema derecha, ha sufrido su primer gran golpe. También lo ha sufrido la doctrina Donroe. También los barones tecnológicos que ayudaron a Bolsonaro a multiplicar sus mensajes. También los que ya preparaban contratos para industrias extractivas en la Amazonia. También los mercados financieros que se entusiasmaron con los pronósticos. Todos creían que el triunfo de Bolsonaro era inevitable.
Lula ganó por más de cuatro millones de votos. Flavio, investigado por la justicia de su país, huyó cruzando ilegalmente la frontera con Argentina, ayudado por el gobierno de Milei. Allí tomó un avión privado que lo llevó al Ecuador de Noboa, y después a Florida, desde donde ha podido ver los resultados de las elecciones legislativas y estatales en Estados Unidos.
Es muy pronto para saber si este tropezón de la derecha es una excepción o el inicio de una reacción popular, como la que estamos viendo en Serbia o la que vimos en Hungría. O una resistencia a la agenda trumpista en la región, que podrían encabezar juntas las dos principales economías latinoamericanas: Brasil y México.
Pero el futuro de esta extrema derecha dependerá de los resultados de las legislativas en Estados Unidos y de la reacción del presidente Trump y su movimiento MAGA, que ha abrazado a los Bukele de todo el continente. Lo sabremos muy pronto.


