Defender la vida no es renunciar a la resistencia

<p>La responsabilidad de la violencia nunca debería recaer en quien resiste, sino en la estructura que convierte la disidencia en objetivo. Defender la vida no es renunciar a la resistencia; es su condición.</p>

Claudia Vargas

Read in English

En 2018, cuando el Estado nicaragüense respondió con represión sistemática a las protestas ciudadanas, muchas aprendimos que resistir frente a un poder autoritario tenía un costo más alto de lo que imaginábamos. La pregunta no era si resistir —eso nunca estuvo en duda—, sino cómo hacerlo sin convertir la vida en tributo.

La pregunta no era si resistir —eso nunca estuvo en duda—, sino cómo hacerlo sin convertir la vida en tributo.

Más allá de los manuales de lucha no violenta de Gene Sharp, de las reflexiones de Hannah Arendt sobre el poder o de los análisis de Martha Nussbaum sobre las emociones políticas, cuando la inteligencia militar te da seguimiento, el asedio es real y la persecución se vuelve cotidiana —incluso más allá de las fronteras y de la soberanía de los países de asilo— la teoría deja de ser abstracta.

Se convierte en una pregunta urgente que atraviesa la vida diaria. Cuando el poder arrebata lo sagrado y profana lo más íntimo, esa pregunta se vuelve persistente. ¿Cómo sostener la vida sin renunciar a la resistencia?

[rel1]

La resistencia no es una escena única ni una voz homogénea. No es estática. Es un campo plural de decisiones situadas cuya condición transversal es la defensa de la vida. No todas las personas enfrentan el mismo nivel de riesgo ni todas las geografías ofrecen las mismas condiciones de protección. Las decisiones se toman desde tiempos, cuerpos y contextos desiguales.

Cuando era adolescente, vi en las calles de mi país, Nicaragua, una campaña feminista que invitaba a romper el silencio frente a la violencia de género. Recuerdo con claridad dos consignas: “Rompamos el silencio” y “solo tu voz puede detenerlo”.

Me marcaron profundamente. Me enseñaron que hablar podía ser una forma de defensa, que nombrar podía interrumpir la violencia, que el silencio no era neutral. El grito todavía podía escucharse y era resistencia.

Miembros de las Fuerzas Especiales de Nicaragua patrullan después de enfrentamientos con manifestantes antigubernamentales en el barrio de Sandino, en Jinotega, Nicaragua, el 24 de julio de 2018. Foto de El Faro: Marvin Recinos/AFP

Hoy, atravesada por una escalada de represión que cruza fronteras, volví a esas consignas para mirarlas de frente. Para repensar qué significa romper el silencio cuando cuidar la vida se vuelve una urgencia política.

Nombrar no es solo un gesto expresivo. Es una práctica política situada. En contextos autoritarios, donde la violencia busca capturar no solo los cuerpos sino también el significado, la palabra compartida se convierte en un territorio de disputa moral e ideológica.

No se trata únicamente de denunciar, sino de erosionar la narrativa que sostiene el miedo, exponer sus incoherencias y devolver densidad ética a lo que el poder pretende naturalizar. Se trata de construir un lenguaje común que sostenga la resistencia.

[newsletter]

Pero la palabra no agota la lucha. Durante mucho tiempo, lo político se asoció casi exclusivamente con la visibilidad absoluta, estar al frente, hablar sin reservas, sostener la exposición como prueba de compromiso. Esa tradición privilegió la heroicidad visible y el sacrificio como medida de legitimidad, relegando el cuidado y la sostenibilidad a un segundo plano.

Permanecer, protegerse, reorganizarse y sostener procesos a largo plazo también son decisiones políticas. No siempre se lucha avanzando en línea recta. A veces se resiste sosteniendo, esperando o trasladando el escenario de acción.

La responsabilidad de la violencia nunca debería recaer en quien resiste, sino en la estructura que convierte la disidencia en objetivo. En contextos donde la crítica se enfrenta con riesgos reales, esa afirmación no es retórica.

Jóvenes lloran por las víctimas de violencia estatal durante los primeros días de manifestaciones en Redondel Jean Paul Gene, Managua, 25 de abril. En los primeros cuatro días de protestas, hubo alrededor de 70 muertos. Foto de El Faro: Fred Ramos

Los ejemplos abundan. Tienen nombres, tienen cuerpos, tienen ausencias. Recordarlo no es un gesto emocional. Es una precisión ética. Nadie debería ser convertido en ejemplo sacrificial para demostrar coherencia política.

Tampoco debería disputarse la pertenencia de los muertos ni medirse el compromiso por “quién puso los muertos”. Cada vida arrebatada forma parte de la historia común, y cada pérdida es una herida que atraviesa la memoria colectiva.

Resignificar la resistencia implica desmontar esa lógica y afirmar otra ética política. Una que no mide la coherencia por la exposición permanente, sino por la capacidad de sostener procesos, proteger la vida y actuar con responsabilidad estratégica.

[rel2]

Entre la resistencia estratégica de hoy y la de antes existe un campo amplio de decisiones posibles. La resistencia no es una escena fija. Es un movimiento que se adapta, se reorganiza y se reinventa según las condiciones.

Esta discusión no es exclusiva de Nicaragua. Allí donde el espacio cívico se reduce y la protesta se criminaliza, la pregunta reaparece: resistir, sí, pero ¿cómo?

Defender la vida no es renunciar a la resistencia. Es su condición.

*Claudia Vargas M. es una feminista defensora de derechos humanos exiliada de Nicaragua. España le otorgó la nacionalidad como medida de protección. Su voz hoy denuncia la represión transnacional y exige justicia por el asesinato político de su esposo, Roberto Samcam.