Érase una vez en Nueva York: negocios blancos en la cuerda floja

<p>Este extracto del libro “Negocios blancos en la cuerda floja” (Grijalbo, 2025) narra cómo un guatemalteco, un dominicano y un colombiano, luego de conocerse en una cárcel de la Gran Manzana, manejaron una furtiva operación de narcotráfico durante tres años, hasta que la DEA los descubrió por accidente.</p>

Julie Marie López Booth

Todo comenzó en Nueva York, cuando la policía capturó al colombiano Gabriel Horacio Botero Tabares en 1993, al dominicano Samuel Santiago en 1994 y al guatemalteco Otoniel Turcios Marroquín en 1997. Los tres cayeron por traficar drogas en la ciudad, y los tres coincidieron en el Metropolitan Correctional Center (MCC), una cárcel para detenidos que aún no recibían una condena. El MCC es un búnker de 12 pisos, con capacidad para 449 internos, con un área para población general y celdas de aislamiento para los más peligrosos. El edificio está a un par de cuadras del puente Brooklyn, y al otro lado de la calle de la sede del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) y de la Corte del Distrito Sur en Manhattan, uno de los cuatro distritos judiciales en los que se divide el estado para una balanceada distribución de casos. ¿Por qué pararon los tres en ese lugar? Lo explica, en parte, cómo era la ciudad en aquellos años.

El guatemalteco Otoniel Turcios Marroquín estuvo detenido en el Metropolitan Correctional Center, después de ser capturado en 1997.

La Nueva York de los noventa era como “una nueva Gotham”, como “la explosión de una supernova liberando energía reprimida durante décadas por la guerra contra sus calles malvadas”, escribió Anthony Fieldman. Aún repuntaba el crimen, pero el inicio de la administración de Bill Clinton (1993-2001) marcó el comienzo de un boom en la economía, notorio en ciudades como Nueva York. Había suficiente dinero en circulación para satisfacer todo tipo de apetito, incluyendo aquel por la cocaína.

Los dealers no hacían muchos esfuerzos por ocultarse, según recuentos de la época. La gente que no tenía interés en comprar drogas nunca iba al norte de Central Park, pasada la calle 96. En el Midtown, decían, el Bryant Park era un narcosupermercado al aire libre. No había policías ni cámaras de seguridad en todas las esquinas y estaciones del subway, el tren subterráneo. Además, los neoyorkinos practicaban el lema “no se meta en lo que no le importa” mucho más que el actual “si ve algo, diga algo” (un anuncio omnipresente en el subway de 2001 a la fecha, después de los ataques terroristas el 9/11). Naturalmente, los criminales aprovecharon la situación.

Había 38 homicidios por semana, en promedio (un alto contraste con los cinco semanales en 2019). En algunas partes de la ciudad era ineludible la sensación de que se caminaba al borde del caos cuando Rudy Giuliani fue electo como el nuevo alcalde de Nueva York (1994-2001). Para entonces, los neoyorkinos estaban desesperados por reducir el crimen, y desencantados. Giuliani ganó por un margen estrecho, pero era el exjefe de la Fiscalía del Distrito Sur de la ciudad en los años ochenta, y lo percibían como “el gran defensor de la ley y el orden”. Además, llevaba bajo el brazo la meta de “aplastar a los distribuidores de droga y a sus clientes”. Era el nuevo sheriff e iba contra todos. Hasta barrió con los que limpiaban vidrios de los vehículos en los semáforos contra la voluntad de los conductores y luego los amenazaban si no querían pagar.

Rudy Giuliani fue alcalde de New York entre 1994 y 2001. Antes de su llegada, la ciudad registraba 38 homicidios por semana. Foto de El Faro: AFP.

Pronto, The New York Times comenzó a preguntar si “Giuliani era el Mussolini de Manhattan”, porque se dispararon las quejas de brutalidad policiaca, particularmente contra migrantes, gais e indigentes. Aun así, muchos le aplaudían por limpiar Times Square de prostitutas, tiendas de videos porno y la venta a mansalva de drogas (aunque sus predecesores habían comenzado con esa tarea), cuando esa famosa intersección estaba muy alejada de lo que es hoy. En esa época los únicos restaurantes grandes en el sector, fuera de los de comida rápida, eran Olive Garden y Chevys.

En 1993, en las vísperas de la era Giuliani, Horacio le vendió cocaína a un sujeto en Manhattan, sin saber que era un policía encubierto. Así se ganó un viaje express al MCC. En 1994, en plena cacería del nuevo alcalde, la policía capturó a Samuel (Sammy) por vender heroína y resistirse a ser capturado. En esa época los dominicanos controlaban la distribución de drogas en la ciudad. Pero también los de otras nacionalidades intentaban abrirse camino. En esas estaba Otoniel cuando la policía lo capturó en 1997.

En esa década, al menos la mitad de las sentencias por tráfico o venta de narcóticos en Nueva York tenía que ver con cocaína, la droga más popular. Estas cifras eran mayores que el promedio nacional, una muestra de cuán grande era la demanda en la ciudad. En diciembre de 1995 la policía decomisó 59 kilos de cocaína que se hubieran vendido en al menos 2 millones de dólares, según The New York Times. En 1996 la policía también descubrió otros 1 630 kilos ocultos en 30 toneladas de zanahorias desmenuzadas para alimentar caballos. Retirar tanta cocaína de circulación la hizo escasa y disparó el precio del gramo hasta 200 dólares.

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En 1999 Horacio y Otoniel, que estaban ilegalmente en el país, fueron deportados a Colombia y Guatemala, respectivamente, después de que cumplieron sus sentencias. Sammy, quien desde antes de su captura ya vivía legalmente en Estados Unidos, quedó libre en las calles de Nueva York.

Colombia, 1999

Horacio salió de Medellín en agosto de 1999 con una meta: regresar a Nueva York, donde le quedaba la hija de un matrimonio en ruinas. Lo habían deportado a Colombia después de cumplir seis años de cárcel. Así se encontró de nuevo en la tierrita, sin un peso, y sin saber hacer otra cosa que mover droga o fabricarla. Volvió a la casa de su madre.

Con 40 años cumplidos, rondaba el metro 65 de estatura y tenía un rostro bastante moreno. Para quien lo recuerde, era extrañamente parecido al expresidente pakistaní Pervez Musharraf (2001-2008), pero con un musical acento paisa. Ni una sola foto suya flotaba en la internet, ni 25 años después. Era delgado. Tenía una cabeza poblada de cabello ondulado y entrecano, y un semblante serio, de ojos pequeños pero intensos, con una expresión difícil de leer.

“Cuando llegué [a Medellín yo] estaba en la quiebra”, recuerda Horacio. “Me mantenía con un negocio de joyería que dejó mi papá, me quedé tres meses, y salí otra vez como ilegal para Estados Unidos, sin trabajo, pero sólo pude llegar hasta Guatemala. [Entonces,] llamé al amigo guatemalteco que conocí en el MCC, Otoniel Turcios, quien también había estado preso por narcotráfico”.

Otoniel fue deportado a Guatemala en 1999, poco antes que Horacio, después de dos años de cárcel. Era moreno. ¿Cuánto? Es difícil decir a partir de la única foto en blanco y negro que un diario beliceño publicó cuando fue capturado años después, no había otra disponible en la internet. De esa imagen sobresalía un semblante severo. Las cejas, con arcos pronunciados, como si las estuviera alzando. Sus ojos pequeños, acunados en ojeras, estaban tan separados que parecía caber un tercero en medio. Miraban pareciendo entrecerrarse. La nariz ancha, labios delgados y mentón partido se sostenían en un cuello tan grueso como su rostro. El cabello oscuro, semiondulado, estaba peinado sin una hebra fuera de lugar.

“[Lo llamé] para saludarlo”, dijo Horacio. “Había una buena amistad [...] entre los presos”. El colombiano hablaba de los tiempos en el MCC, sabiendo que la amistad que hizo con Otoniel en la cárcel neoyorkina lo hacía confiable. El colombiano iba dispuesto a no arruinar lo que parecía ser su única oportunidad para hacer plata, porque Otoniel iba a ser su boleto para volver a Nueva York.

“Nos reunimos y hablamos de negocios del narcotráfico”, recordó Horacio de esa primera conversación en persona con Otoniel en Guatemala. “Le dije que había muchas cosas que podíamos hacer: traer cocaína de Colombia, cortar droga [mezclar la coca pura con otras sustancias] para que rindiera más, que aprendí a hacer en los laboratorios en Colombia, y las cosas se materializaron”. Parecía que la pasantía de Horacio en la cárcel en Nueva York no había sido, después de todo, una pérdida total, y para Otoniel, la movida de darle su número de teléfono en Guatemala, “por cualquier cosa”, emergía ahora como una magnífica decisión.

“Hablamos y dijo que tenía un amigo que vivía en Guatemala y con quien podíamos trabajar en México o Panamá, y que traía cocaína de Colombia para México y Estados Unidos”, recuerda de aquella conversación. Otoniel le adelantó que lo presentaría como alguien que tenía “algo que ofrecer”. Era irónico que él cumplió una sentencia de sólo dos años de cárcel en Nueva York bajo la condición de que iba a participar, por orden de la corte, en un programa para el control del abuso de sustancias narcóticas. Pero como la cabra tira al monte, ahora aquí estaba, a pocos meses después de salir de la cárcel, metido de nuevo en el negocio.

“Le dije que sí, pero [Otto me explicó que] había que esperar un par de meses”, continuó Horacio. “Entonces, me conseguí una pieza [habitación] pequeña y me organicé. Esperé [trabajando] en un negocio de flor de harinas para panaderías”. Esto no era broma. El tipo lo testificó años después en la corte. “[Después Otto] me dijo que me iba a presentar a Jorge Mario Paredes, y me lo presentó”, agregó. Debía ser en octubre o noviembre de 1999. Horacio relató después que se encontró con Jorge Mario en una gasolinera, junto a la tienda de conveniencia Super 24, en El Rancho, una aldea en El Progreso (62 kilómetros al nororiente de la capital guatemalteca), a la orilla de la carretera. Es un lugar de paso y de mucho movimiento de personas, vehículos y autobuses que transitan desde y hacia la costa del Atlántico, en el oriente del país. En una cuchilla en la carretera, y a los costados, hay puestos de comida como en un mercado, y flota sobre ellos un olor permanente a fritangas y humo de diésel. La temperatura ronda los 26 grados centígrados de calor seco. Los autobuses se detienen a recoger y dejar pasajeros sin apagar el motor, mientras los que van más lejos sacan medio cuerpo por las ventanas, si es que las pueden abrir en los autobuses más viejos, para comprar mango verde, tajadas de plátano verde frito, panes con carne asada o pacaya envuelta en huevo. Otros vendedores suben al autobús con cubetas repletas de gaseosas o canastas rebosantes de comida frita, y la nube de aromas invade el interior. La gente, más afanada en comer algo antes de seguir el viaje, o en no perder el autobús, no se fija en el prójimo.

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En el lugar es tan común la circulación de camionetas agrícolas o pickups de doble cabina con vidrios polarizados que los transeúntes o comensales en los puestos de comida los miran sin ver. Es el medio de transporte preferido de los grandes finqueros de la zona y, sí, también de los narcotraficantes. Que alguien lleve una pistola al cinto es normal en el oriente del país —aunque la ley prohíba a cualquier persona (salvo policías, soldados o los guardias de seguridad privada) llevar una pistola a la vista—.

“Llegamos primero; el señor Paredes llegó poco después”, continuó Horacio. “Iba con varias personas, trabajadores, compañeros, y todos portaban armas, pistolas de nueve milímetros. Se veía por fuera. Hablamos de cómo nos conocimos [con Otto] en Estados Unidos, en la cárcel, que podíamos hacer algo, que yo sabía hacer un corte para agregarle a la mercancía otra sustancia más rendidora. [Dijo] que le interesaba, que sería bueno mirar eso. Entonces, le [ofrecí] hacer una muestra”.

Según Horacio, “el señor Paredes” le dio la cocaína para producir la muestra.

El colombiano decía que debía agregar “lime [cal, en inglés] y ácido sulfúrico” a 80 gramos de cocaína pura. En el libro The Fruit Palace (Picador, 1985), Charles Nicholl, el autor, incluye una receta similar que le mostró en Bogotá un cocinero de coca o “mano verde” (les llaman así porque se manchan las manos de verde al manipular las hojas de coca al inicio del proceso para elaborar cocaína). El cocinero había aprendido a fabricar cocaína a finales de los años setenta en Cali. Horacio se empleaba en el mismo oficio, en la misma época, pero en Medellín. Nicholl escribió que el mano verde primero usaba cal o carbonato de sodio para que las hojas de coca sudaran los alcaloides. Luego, las cubría con kerosén y vertía encima ácido sulfúrico diluido para atrapar esos alcaloides de las hojas, que se deshacían en agua. Agregaba más cal para retener los alcaloides, volver la mezcla blanca y lechosa, y activar los estimulantes en la droga. Al final, colaba y secaba la mezcla para lograr un aspecto cristalizado. El proceso duraba dos días y medio.

El mano verde le había dicho a Nicholl que el balance era clave: “Demasiado ácido [sulfúrico], y la coca sale agria, ácida. Demasiado carbonato, y la coca sale jabonosa”. Horacio replicó la parte final del proceso para reproducir la calidad de la Perlada (la coca de más alta pureza) aun después de mezclarla con otros ingredientes. Y, a juzgar por la reacción que recibió después de entregar la muestra, había logrado el balance exacto.

“Me tardé dos o tres días”, recordó el colombiano. “Era suficiente para ver si les gustaba. Llamé a Otto (Otoniel) cuando la tenía terminada, y me dijo: ‘Nooo; está bonita; vamos a enseñársela a Jorge Mario a ver qué dice’”. La mezcla mostraba las características de cocaína acabada y de buena calidad, según Horacio: era blanca y brillaba. Tenía fragmentos cristalizados.

Se reunieron otra vez cerca de El Rancho, a la orilla de la carretera, dentro de un vehículo.

“Yo fui con Otto; llegamos primero”, recuerda Horacio. Llevaba la muestra en una hielera pequeña. En ese calor, cualquiera llevaba una, y nadie iba a sospechar que no contenía gaseosas o cervezas. “Luego, llegaron otros dos carros con varias personas. Se bajaron, y Otto y yo nos montamos en el carro de don Jorge Mario. Desde el principio [todos] lo llamaban el Gordo, pero no a su cara [...]. Yo lo llamaba don Mario o Jorge Mario. Le mostramos el producto, y dijo: ‘Oh, está bueno; vamos a hacer una prueba, un ensayo con unos cinco kilos’. Jorge Mario iba a dar la cocaína”. Por cada 750 gramos de cocaína, había 250 de corte, según el colombiano. Es decir, mantenía una pureza del 75 por ciento.

“Todo se organizó en una semana”, recuerda Horacio. “Tenían una casa en Río Hondo, Zacapa, que habían dispuesto para eso, [donde] estaban Carlos Vargas [a quien don Jorge Mario describía como un socio] y varios trabajadores. Conseguimos una prensa, bolsas de plástico, cedazos, cinta aislante para empacar cuando se acaba el trabajo, un molino de carne para pulverizar la perica [cocaína] y el corte [la sustancia para mezclar], una prensa de molde cuadrado o gato hidráulico de 30 toneladas para aplicar la presión necesaria [y compactar la mezcla final], acetona para que se riegue bien, microondas para calentar y secar bien [el producto final], [que luego] se enfría, se empaca, y se ve como si viniera de Colombia, con buena consistencia”. Horacio dijo que un trabajador de don Jorge Mario lo ayudó en el proceso.

Días después, el colombiano llamó a Otto y le dijo: “Ya está lista”, y Otoniel llegó en seguida. “La vio y llamó a Jorge Mario”, recuerda Horacio. El colombiano tomó nota de que a “don Mario” le bastó darle un vistazo al producto final para decirle: “Eso está muy bien; vamos a trabajarlo [y] organizarlo”. Según Horacio, después recibió una primera orden de 50 kilos.

“Carlos Vargas y Otto tenían otro lugar, una finca en Zacapa retirada en el monte, separada del caserío, y Carlos Vargas me llevó con unos trabajadores. Observé si se podía usar para hacer el laboratorio, y Otto y yo fuimos a comprar los ingredientes. Fue rápido. Todo estaba sincronizado. Como Jorge Mario ya conocía los resultados de mi trabajo, llegó un carro y se llevó [los kilos] a la capital”.

Horacio dijo que repitió el procedimiento en 400 kilos durante tres o cuatro meses, y que cada cargamento era de 70, 80 o hasta de 100 kilos. “A mí me pagaba Otto; me daba que 5 000 o que 3 000 y hasta 60 000 dólares”, decía el colombiano. “Yo sabía que sacaban cocaína para México y Estados Unidos. Los muchachos me lo decían. El mismo Jorge Mario me dijo”.

Una vez Horacio preparó un cargamento voluminoso. Dijo que don Mario le había prometido un porcentaje de la ganancia por la venta, y le cumplió. Luego le hizo otro encargo.

“Me pidió sacar el porcentaje de pureza del cargamento que él recibía [de Colombia]”, relató, refiriéndose a que debía calcular cuánta de la cocaína era pura, para saber si valía realmente lo que había pagado por ella. “Para medir la pureza, se descompone el ácido clorhídrico [un componente del clorhidrato de cocaína] con bicarbonato y agua caliente”, explicó. “Cuando el líquido pesa 10 gramos, y tres gramos son de bicarbonato ya cocinado, se usa hielo para darle un choque térmico. Así se forma la piedra cuyo peso es igual al grado de pureza”. Esto que hacía el colombiano debió impresionar a Otoniel, que también lo ocupó para este menester.

“Me llamó Otto, [para pedirme] si le podía hacer ese trabajo, y le dije que sí, que con mucho gusto”, recordaba Horacio (lo que sugería que Otoniel recibía cargamentos de un proveedor distinto si necesitaba verificar el grado de pureza). “[Me llevaron a] una granja cerca de la capital [de Guatemala], un rancho con lugar para asados y fiestas. Había un garaje grande con varias camionetas Mercedes Benz, BMW, Toyotas, y jaulas con aves, faisanes, pavos reales, codornices, patos, loros, guacamayas. Me mostraron qué había que hacer: había kilos de diferente tipo y marcas como Herradura, Correcaminos, Media Luna y Coca Cola, y yo debía determinar el porcentaje de pureza de [cada uno]”. Las marcas, que tenían un logotipo impreso en etiquetas pegadas sobre cada kilo, servían para rastrearlas hacia un laboratorio específico en Colombia (en caso de reclamos por baja calidad o que se quisiera comprar más producto al mismo sitio).

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En esa época, la policía y la Fiscalía de Narcoactividad decían que tenían la atención puesta en el narcotráfico principalmente en Izabal, Zacapa y Chiquimula, todos colindantes con Honduras, y en Escuintla y San Marcos, con costa al Pacífico, y San Marcos además colindante con México. Sin embargo, nada de esto interrumpió las tareas de Horacio ni los demás.

Pero ¿de dónde salía toda la coca que pasaba por las manos de Horacio? Los fiscales neoyorkinos decían que, entre 1998 y 1999, Jorge Mario recibió al menos seis cargamentos de 300 a 350 kilos de cocaína desde Colombia, que los traficantes Pablo Rayo Montano y Jackson Orozco Gil primero enviaron en lanchas rápidas hasta Panamá, y después en camión hasta Guatemala. Horacio decía que esta era la coca a la que le medía la pureza y luego cortaba para “don Jorge Mario”.

En México, agregaban los fiscales, Luis Leija, un trabajador de Jorge Mario, llevaba la cocaína hasta la frontera sur de Estados Unidos, y otro grupo la vendía en Houston, Texas. No por nada el Departamento de Estado de Estados Unidos decía que Guatemala era propicia para almacenar y traficar cocaína. El país sólo interceptaba 3% de los estimados 200 000 kilos que pasaban por su territorio. Era una época cuando unos 3.8 millones de estadounidenses consumían cocaína. Semejante demanda producía tremendas ganancias, y Luis también se encargaba de mover el dinero de esa venta en Estados Unidos de México a Guatemala para Jorge Mario, según la fiscalía. Cabe decir que ni los fiscales ni el expediente divulgaron el origen de la coca que sólo llegaba a manos de Otoniel.

Mientras tanto, los fiscales sí decían que otra de las tareas de Horacio era buscarle proveedores de cocaína a Jorge Mario, y que con este fin lo presentó con el colombiano Daniel “el Loco” Barrera en Panamá entre 1999 y 2000. Allí los tres acordaron cómo enviar la cocaína a Guatemala y la forma de pago. Los acompañaron Otoniel y Juan Alberto Choto Zepeda, un trabajador de don Jorge Mario, y “una mujer conocida como Lorena”, a quien la fiscalía identificó como “la novia de Paredes” (algo que él desmintió después).

El Loco Barrera envió los primeros 1 400 kilos en un buque colombiano hacia la costa del Atlántico en Guatemala. Horacio y Otoniel organizaron el traslado de los costales con los ladrillos de coca a un barco más pequeño, para luego almacenarlos temporalmente en un chalet en Río Dulce, Izabal. Luego hundieron el buque porque era menos costoso que devolverlo a Colombia. Entonces, Lorena viajó a Panamá para pagarle al Loco Barrera, y Horacio recibió 70 000 dólares por arreglar ese negocio.

Ahora, Horacio al fin estaba ganando la plata que necesitaba para largarse a Nueva York, pero después de unos meses en Guatemala, intuyó que debía acomodarse a la idea de una escala más larga de lo planificado en el país —gracias a las gestiones de Otto—. En realidad, todo esto había resultado mejor de lo que había previsto, aunque Horacio sabía que, con la clase de responsabilidad que ahora tenía encima, los interinatos cortos sólo acababan en un ataúd —por muerte natural o con ayuda—. No se iba a arriesgar a eso anunciando que “gracias”, pero que debía pasar a retirarse. Ya que tenía la confianza de sus nuevos patrones, y estaba ganando los fajos de dólares que le permitirían volver a Estados Unidos, ahora debía esperar un poco más. ¿Cuánto tiempo? No lo sabía aún.

*Julie López es una premiada periodista guatemalteca independiente. Ha sido docente de periodismo y se ha destacado durante muchos años a nivel internacional por su cobertura de narcotráfico y crimen organizado, sobre lo que ha escrito múltiples libros y reportajes. En años recientes, fue miembro del equipo de El Faro en Guatemala. En 2010, recibió el Premio Félix Varela, un reconocimiento al mejor reportaje impreso publicado en español, en Estados Unidos, por su serie investigativa “Imperio Narco”, y que fue la base para su libro “Negocios blancos en la cuerda floja”.