Pacoj sepulta a sus víctimas de la guerra
<p>En San Martín Jilotepeque, los restos de decenas de víctimas del conflicto armado en Guatemala se apilaron en una bóveda oscura durante décadas. Ahora sus familiares les darán el entierro que el Estado prometió pero nunca cumplió.</p>
Yuliana Ramazzini
En el cementerio general del caserío Pacoj hay una bóveda. El olor a humedad sale antes que los osarios. Adentro, las cajas están apiladas como resmas de papel. Cada una lleva un número. Nada más. Son mujeres, hombres, niñas y niños asesinados por el Ejército de Guatemala en 1982.
Algunos de los restos han sido exhumados desde 1998. Otros en 2014. Desde la construcción de la bóveda hace casi 20 años, la mayoría espera un entierro digno que el Estado prometió en los Acuerdos de Paz. Hoy finalmente serán trasladados a un nicho cada uno en el que podrán tener una placa con un nombre, una fecha. Algo que no los borre y que recuerde lo que les hicieron en aquella época, en la que el ejército aplicaba la política de “tierra arrasada”.
Es lunes 29 de junio. Muchos en Guatemala descansan por el asueto del Día del Ejército. En realidad es mañana, pero la Ley del Turismo Interno lo movió para hoy para tener un fin de semana largo. Un pequeño grupo de vecinos de los caseríos de San Martín Jilotepeque, Chimaltenango —a 70 kilómetros de la ciudad, entre ellos Pacoj— ha madrugado para recorrer un estrecho y empinado camino de terracería y piedras hasta lo más alto de una colina, donde está el cementerio general de Pacoj. Otro grupo ha llegado en bus desde la ciudad.
Todos son maya kaqchikel y aunque sus coloridas vestimentas parecen flores en un jardín, el ambiente es sombrío. Claro, es un cementerio, pero en este hay algo distinto. El lugar es pequeño. La entrada está hecha de dos columnas muy delgadas que sostienen dos puertas de hierro que se abren por el medio. Encierra unos 25 mausoleos de todos los tamaños y colores, con monte alrededor. Algunas fosas con poca grama y tierra fresca. Hay más terreno hacia los lados que profundidad.
Hay un panal de nichos vacíos y numerados a la izquierda de la entrada. Es una estructura de cemento en forma piramidal que se acaba de construir. Pero lo que más resalta es una cruz hasta arriba, con la inscripción: Víctimas del C.A.I. (Conflicto Armado Interno).
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Son casi las 10 de la mañana y el sol todavía no ha disparado sus rayos más potentes. El frío se mezcla con un olor a incienso y humedad que emana de esa bóveda de unos dos metros y medio cuadrados y unos dos metros de altura frente a los nichos. El revuelo de los colegas fotógrafos no deja ver a través del humo. Pero a lo lejos se distinguen los osarios—cada uno con un número que coincide con los nichos y que cubren las 3 paredes principales de la bóveda. En la entrada de ese cuarto lleno de humo hay dos rótulos.
El primero:
El Ejército de Guatemala asesinó: José Patricio Lopes Balán, Juan Yecuté, Justiniano Balán, José Silvio Lool Balán, Eladio Balán Xajil, Francisco Yecuté. En el destacamento de Choatalum, San Martín Jilotepeque, Inhumados en la Aldea Chijocón Panatzan 29-08-2009.
El segundo:
Llegara el día que los muertos se levantaran entonces vivos y muertos uniran sus mentes sus manos y alcansaran la justicia. Entonces amanecera para siempre y los pueblos viviran en paz.
Aquí descansan nuestros hermanos masacrados por El Ejército el 12 de febrero de 1982, Pacoj Chijocón. Inés Zet, Rubén Martín Morales, Mateo Martín Xajil, Agustina Tay Morales, Adrián Martín Tay, Marco Tulio Martín Tay, Felipa Tay Morales, María Silvestre Martín Yool, Joaquín Martín Yool, M. Apolonia Martín Yool, M. Agripina Atz Alvarado, Juana Tay Cusanero, Juan Tun, Huz, Onofrio Tun Huz, Francisco Tun Huz, Justiniano Culpatan Xalin, Lucrecia Huz, Felisa Culpatan Huz, Martina Culpatan Huz, Ciriaca Culpatan Huz, Virgilio Tun Huz, Bonifacio Culpatan, Modesto Atz Coroy, Esteban Cumatzil, Feliz Calex Albarado, Domingo Balán.
También hay una mesa con un pequeño altar: dos velas, un cuadro de la Virgen del Carmen, un arreglo de flores y unos cuantos ramos más. La gente está parada donde puede, sentada en los mausoleos o recostada en los árboles. Hay bastante silencio para un espacio al aire libre y con tantas personas. Habrá unas 60.
El silencio lo interrumpe Silvio Tay, víctima del conflicto y representante de la Asociación para la Justicia y la Reconciliación, AJR. Es chaparro con un leve bigote. Lleva dos largas tablas no muy anchas bajo el brazo y pide ayuda para ponerlas en una estructura alta de tubos de metal que se ha usado para la construcción, para alcanzar las partes altas. Las tablas atraviesan los dos extremos de la estructura, simulando un pequeño puente raquítico. Tan raquítico como las promesas del Estado de un entierro digno.
—Con el tiempo nos dimos cuenta que eso no iba a pasar. Tuvimos que buscar la solución en otro lado —dice Silvio. Se limita a decir que pidieron ayuda a la comunidad internacional.
El ministro católico Juan Xajil escala la estructura de metal y se para sobre las tablas. Lleva en la mano una botella de agua Dasani, perforada en la tapa, del tamaño justo para poder expulsar solo unas cuantas gotas. Comienza a leer una oración en la pantalla de su teléfono.
—Padre nuestro, que estás en los cielos —rezan todos al unísono.
El ministro camina de un lado a otro de las tablas sacudiendo la mano. Las gotas de agua salen disparadas y caen sobre los nichos. Baja los tubos de la estructura y se asegura que toda la pirámide quede bendecida.
Silvio muestra una hoja que tiene impreso el panal dividido por colores y explica que está así porque cada color representa a una familia; que así podrán asegurarse de que queden todos juntos. Algunos de los osarios contienen restos de personas que aún no han sido identificadas. También serán inhumados juntos en otra sección de la pirámide.
—Necesitamos voluntarios para sacar los osarios —dice Silvio.
Inmediatamente se hace una cadena de hombres desde la puerta de la bóveda hacia los nichos. Los primeros se suben a la estructura de metal para alcanzar las filas más altas.
—¡Nicho 41!
El osario sale de la bóveda. Cambia de manos una, dos, tres veces hasta llegar al nicho 41.
—¡Nicho 42!
El siguiente recorre el mismo camino.
—¡Nicho 43!
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Dominga Atz es una pequeñísima y jorobada anciana. Las arrugas no han sido justas con ella y ya se le empiezan a ver las cataratas en los ojos. Hoy está recostada en una pared tapándose del sol por su padre, a quien asesinaron los soldados en el 82.
—Venía de la costa y lo agarraron aquí en la escuela —recuerda. Dos días después le preguntó un vecino si su papá había vuelto.
—¡Nicho 44!
—No, mi papá no ha regresado —ella le contestó.
—¡Nicho 46!
—Pero él venía en un camión hace unos días. Si no ha venido es porque lo agarraron en Pacoj, allá arriba mataron a 60 —le dijeron. El hombre que les alertó fue a ver si estaba allí.
—¡Nicho 48!
Eran tres. Estaban atados de pies y manos a un palo. Los ahorcaron.
—Fui a traer agua y un machete. Corté la pita y los desaté. Pero allí quedaron.
—¡Nicho 50!
Ya hay unos diez osarios en los nichos y Silvio vuelve a interrumpir. Dice que es probable que no terminen de trasladarlos a todos hoy, que es algo que se espera que finalice mañana.
Algunos vecinos llevaron atol para compartir, pero antes Silvio pide que escuchen a algunos de los familiares o incluso víctimas. Empiezan a contar su verdad. Pero una pequeña motosierra retumba los block para cubrir los nichos. La pala roza con cemento. La conversación rápidamente se asfixia.
El sol ya está azotando y las personas buscan sombra y atol. Simeón Atz Zutuj, de 76 años, lleva un sombrero amarillento, cinta de cuero café y camisa de botones celeste que combina con sus ojos. Abajo, una playera rosada. Me ve con confianza, listo para hablar.
—¿Cuántos familiares tiene aquí? —pregunto.
—Tengo tres, bueno, cuatro. Mi señora se llamaba Agustina Yecuté Martín. Mis hijas: María Valeriana Atz Yecuté, de cinco años y María Ermelinda Atz Yecuté, de año y medio —dice entre español y kaqchikel. Su esposa tenía siete meses de embarazo.
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La motosierra sigue sonando a tope, pero Simeón habla con mirada lejana, transportado a su casa, a aquella mañana del 26 de marzo de 1982.
—Estábamos juntos en la casa —cuenta.
—¡Parate hijo de la gran puta, es el ejército! —le dijo su esposa. En lo que Simeón se para, le disparan a su esposa. Disparan a una hija antes de la otra.
—Yo solo vi: ¡puchis, ya estuvo! Ni hablé. Salí corriendo.
La motosierra ruge.
—En el camino me encontré a dos patojos y a mi sobrina y le dije, Dios con usted. Y ella me dijo, Dios conmigo. Salí para abajo. Un kilómetro me arriaron los soldados.
Se escapó y regresó a su casa por la tarde. Y así, como si las palabras no le pesaran porque les pesa igual a todos los demás, agrega:
—Encontré a mi esposa con un tiro en la frente que le salió por la mollera.
Sigue la maldita motosierra.
—Mi hija de cinco años, con un tiro en la nuca que le salió por la cara. La dejaron acostada, boca abajo como si estuviera durmiendo.
—Mi hija de un año, también con un tiro en la nuca y acostada.
—¿Por qué cree que llegaron a su casa así? —pregunto.
La motosierra calla por primera vez. Simeón suspira.
—A saber, nosotros solo estábamos en la casa. Pero ellas ahí están —dice señalando la bóveda con una mueca en la boca.
Ya se han sellado varios nichos y la gente comienza a buscar la salida. Silvio anuncia que los espera a todos el 15 de julio para la celebración de la finalización del proyecto. La gente le agradece y se despide de los que pueda. Algunos se suben a sus carros viejos, otros se van a pie. Van despacio. Han esperado décadas para este día.
Los albañiles siguen trabajando. La motosierra y la pala retoman. Los osarios pasan de mano en mano hacia los nichos. El 59, el 60. El Ejército de Guatemala marchará mañana. Aquí la gente volverá cuando el cemento seque. Por fin traerán flores.
