Carta del editor / Un prólogo a la edición mensual de El Faro / Impunidad
¿Alguien algún día pagará por esto?
Óscar Martínez, jefe de Redacción

Es como si no fuera suficiente, como si el paisito de Centroamérica no hubiera tenido ya demasiado dolor causado por funcionarios crueles e indolentes que tratan la muerte de sus compatriotas con la trivialidad de quien no tuviera personas a las que ama. Es como una enfermedad heredada por nuestra historia salvadoreña: la incapacidad de empatizar, de sentir con el otro. La impiedad de asumir que los 21,000 kilómetros cuadrados de territorio nacional están sembrados de cadáveres de personas asesinadas y que es un hecho natural seguirlo sembrando sin siquiera haber recuperado los huesos que ya se descomponen ahí.

Tras cubrir las atrocidades de diferentes regímenes violentos en el mundo, el célebre periodista polaco Ryszard Kapuściński solía repetir la siguiente frase: “Estos son los únicos momentos en que siento la soledad verdadera: cuando uno se enfrenta a la violencia impune.”

A la luz de esa frase, El Salvador era y es un lugar donde campa la soledad. Lo fue durante los 12 años de guerra civil, que dejaron, en los cálculos más conservadores, a 8,000 personas desaparecidas; o, si quieren verlo de otra forma, a decenas de miles de familiares buscando a sus desparecidos. Lo fue en los años de la posguerra, cuando incontables personas dejaron de estar y nunca más volvieron a aparecer, ya sea a manos de pandillas, bandas criminales o grupos de exterminio, algunos integrados por policías. Lo sigue siendo ahora, cuando otra dictadura se consolida.

Esta última edición del primer ciclo de revistas de El Faro Mensual 2026 es una edición severa que nos recuerda que bajo todo tipo de violencias -criminal, estatal- repta la certeza de algunos de que no habrá justicia, de que pueden hacer porque no habrá consecuencias.

El equipo de El Faro investigó dentro de El Salvador una cruel realidad que ha sido mencionada en informes de organizaciones de derechos humanos: el Estado, bajo el régimen de excepción ordenado por Bukele en 2022, está enterrando en fosas clandestinas a reos que mueren en las cárceles, sin avisar a sus familias, que siguen deslomándose y malcomiendo para llevar cada mes un paquete de enseres básicos a las prisiones donde deberían estar recluidos. Encontramos los casos de tres personas sin condena, acusados de ser pandilleros aunque algunos fueron víctimas de las pandillas, que murieron en prisión y cuyos cuerpos fueron lanzados a fosas comunes del cementerio de La Bermeja, a pesar de que sus familias seguían llevando los paquetes. Los carceleros recibían esos paquetes aunque los destinatarios estuvieran bajo tierra. Piensen en esta escena: una mujer embarazada apenas se alimentó durante seis meses de gestación para poder comprar las cosas que dejó a su marido que ya estaba muerto. Y el sistema las recibió. Y luego, cuando ella supo, no hubo ni un miserable “lo sentimos”. Si no le basta con leer, escuche a los familiares de los muertos. El material está sembrado de testimonios en audio.

La redacción del periódico también logró reconstruir una historia que deja claro cómo ese desdén por los muertos junta al pasado y el presente. Una empresa mexicana ha recibido todos los permisos del Estado para construir un relleno sanitario -un basurero en términos sencillos- en una zona donde hay evidencia de que aún hay huesos de personas masacradas durante el conflicto armado. Los pobladores intentan detener las máquinas que perforan el pedazo de tierra donde yacen los suyos, pero lo único que han encontrado es amenazas de parte de la Policía, que protege el avance del basurero.

En otra figura de la injusticia, Victoria Delgado y Gabriela Cáceres nos revelan un montaje de la dictadura. En junio de 2025, cuando aún estaba fresco el violento mayo de ese año, el ministro de Seguridad y Justicia, Gustavo Villatoro, convocó a una conferencia de prensa en la que le acompañó el fiscal general obediente al régimen, Rodolfo Delgado. Anunciaron que habían desarticulado a una pandilla en ciernes, con lo que pandilla significa en un país como El Salvador, en el que sus habitantes padecieron masacres y extorsión de esos grupos por décadas. Dijeron que tenían toda la evidencia para demostrar que un grupo de estudiantes de institutos públicos dirigían una organización pandilleril que pretendía crecer. Y capturaron a esos muchachos, muchos de ellos menores de edad. Y los metieron a las cárceles del régimen. Pero, cuando las reporteras analizaron las pruebas y obtuvieron el expediente judicial -algo cada vez más imposible bajo la censura nacional-, descubrieron que las pruebas eran tan vagas como unos dibujos en cuadernos, y que algunos de esos muchachos eran más bien estudiantes destacados. Aquel show oficial ocurrió en el marco de una ampliación más del interminable régimen de excepción en el que el país lleva sumido más de cuatro años. Les entregamos en esta revista el primero de tres capítulos que publicaremos en los siguientes lunes para completar la serie de pódcast.

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En nuestro editorial hablamos de ese espíritu impune con el que avanza la dictadura, como ya lo hicieron otras. Se titula: “Esto es pura crueldad”.

Ante ediciones así de duras, se agradecen las secciones fijas del periódico: Malas Compañías y Cuervo Ingenuo, que nos permiten respirar, para luego sumergirnos otra vez. En su pódcast, Carlos Dada, director de este periódico, entrevista al reconocido periodista deportivo Fernando Palomo, de la cadena ESPN. A las puertas del Mundial, Palomo, que ha dejado narraciones inolvidables de goles infartantes, hace una confesión: Este Mundial con 48 selecciones es el primero donde hay partidos que no le interesa ver.

Carlos Martínez nos habla de un carro en su columna de audio. Sí, de un vehículo, uno que tiene nombre: Rocinante. ¿Por qué hablar de un carro viejo que, por no tener, no tenía ni limpiaparabrisas? Yo creo que como una forma de rendir tributo a lo imperfecto, a la aventura que se destartala, pero que no se detiene. El autor dice que la columna va acerca de “envejecer”. ¿Usted de qué cree que va?

La portada, por primera vez, es de una artista visual: la cubana Camila Lobón, exiliada en Estados Unidos desde 2021 por la dictadura de su país. Lobón nos entrega un dibujo que sube la apuesta visual de la tapa: una interpretación del tema principal, una suerte de cadena de producción de crueldad, una máquina de enterrar. Esperamos que este tipo de portadas sea una opción cada vez más constante.

Tras esta cuarta edición de 2026, y como ya les había anunciado, pararemos dos meses con las revistas, no así con las publicaciones regulares de El Faro. Repensaremos, investigaremos y volveremos en septiembre con la primera de las cuatro ediciones de cierre de año.

Retomando a Kapuściński, esta edición está llena de personas que experimentaron “la soledad verdadera”. Con muertos, sin justicia. Con muertos, sin certezas. Con muertos y con desprecio.

¿Alguien pagará algún día por esto o seguiremos siendo ese país donde se puede ser cruel? ¿Seguiremos siendo, después de tanto dolor, un buen lugar para matar? ¿Alguien pagará algún día por esto?