La Portada / Migración

Leticia contra ICE: “andan cazando”

De la mano de Leticia, una activista por los migrantes de Louisiana, entramos al mundo del terror desatado por los operativos de ICE bajo el mandato de Trump: niños que quedaron solos, trailas vacías, gente que se duerme sin cenar, migrantes que se encierran en sus casas por más de dos meses, migrantes que eligen regresar a sus países antes de que los cacen y les quiten a sus hijos. Pero también redes de solidaridad entre ellos: chats colectivos donde quienes salen a patrullar informan si ICE anda cazando en la zona o si los migrantes pueden salir a trabajar. “Esto es terrorismo de Estado”, dice Leticia, líder de esta resistencia.

Óscar Martínez

16 de febrero de 2026, noche 

En la carretera de regreso al Búnker, paralela al río Mississippi y las vías del tren, a Leticia Casildo le suena el teléfono móvil. “¿Hoy en la mañana?”, pregunta. “¿Sabés a cuánta gente?”, pregunta. “Así estamos, todos los días, hermana. Hay que ser astutos, andan cazando”, dice, y vuelve a perder la vista por la ventana de la camioneta. “¿Qué pasó?”, pregunto. “Agarraron gente esta mañana afuera del Sam´s y en Bayou Blue”, responde. “¿Mucha gente?”, pregunto. “Nadie sabe, cazan de uno en uno”, responde. No pregunto más. Es mi última noche en Nueva Orleans y para este momento ese tipo de llamadas a Leticia Casildo eran habituales y apenas escandalosas ante lo que había visto dentro de las casas a las que ella me llevó. Se los llevan de uno a uno: un padre, un hijo, una madre, un tío. 

En silencio, seguimos hacia el Búnker. 

11 de febrero de 2026, mediodía

Para llegar a casa de Leticia hay que salir de Nueva Orleans y conducir por carretera unos 30 kilómetros, pasando por una base naval del Ejército de los Estados Unidos, caballerizas, silos, siempre al lado del Mississippi. 

Leticia está en una videollamada de zoom y la primera frase que escucho al entrar a la casa la pronuncia ella, que apenas me ha visto llegar. Entre lágrimas, dice: “Yo no puedo dejar que destruyan a tantas familias. Yo al menos tengo privilegio”. 

Leticia es una mujer negra, garífuna, hondureña, indocumentada, de 48 años, exagente de la División de Investigación Criminal de su país y ahora activista en defensa de los migrantes. Llegó a Nueva Orleans tras dejar una precaria vida en Miami y bajo la promesa de que había mucho trabajo en la reconstrucción de esta ciudad después de que en 2005 el huracán Katrina devastara unas 800,000 viviendas y dejara daños por unos $160,000 millones. Se necesitaban manos. Y cuando Estados Unidos necesita manos, se olvida por un tiempo de si el humano que las carga está documentado o no. Leticia lo sabe muy bien: ha trabajado en cocinas, lavanderías, hoteles, echando tortillas -“$30 al día por convertir en tortillas 100 libras de harina de maíz”, dice-. Junto a Mario, su esposo,trabajaron en demolición y reparaciones tras el huracán, ganaban mejor que en Miami, pero el trabajo era pesado: encontraron varios cadáveres, los reportaron a las autoridades, luego siguieron sacando escombros, refrigeradoras que olían como cadáveres. En el Crescent Park, donde los locales trotan por las tardes a orillas del Mississippi, hay una escultura dedicada a los trabajadores latinoamericanos que ayudaron a reconstruir la ciudad. O sea, dedicada a gente como Mario y Leticia.

“Bienvenido”, me recibe Leticia secándose las lágrimas y pasando rápidamente del llanto a la cocina, a terminar el pescado, el arroz y de machacar con sus manos el plátano para los tostones. 

Mario, el esposo de Leticia, también exagente de la División de Investigación Criminal de su país, nos observa desde el sofá. Gael, de tres años, frágil y trigueño, juega con un carrito en el piso. Esdras, de 12 años, garífuna y negro como Leticia, se sienta en una esquina frente a un tablero de ajedrez, a la espera de un rival. Ninguno es hijo de ellos. Están aquí porque sus padres ya no están aquí. 

“Bueno, bienvenido -dice Leticia-. A esto le llamamos el Búnker”. 

El Búnker es una casa rodante, pero sin ruedas, asentada por pilotes en la tierra. Los migrantes latinos las conocen como trailas y son una opción de vivienda que permite ser propietario. De la traila, que no del suelo estadounidense donde descansa. Por unos $5,000 a $15,000 se puede comprar una traila de entre dos y cuatro habitaciones, dependiendo del estado en que esté, porque algunas trailas parecen hamburguesas aplastadas. Moverla de un lugar a otro cuesta unos $8,000, pero después esa inversión compensa, porque por el pedazo de tierra allá entre el río y el acero de las vías se pagan unos $400 al mes, un precio por el que en el centro de Nueva Orleans no se conseguiría ni la mitad de un sótano.


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Esdras sale de la traila de Leticia y Mario, en las afueras de Nueva Orleans. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


El Búnker es una bonita traila de cuatro habitaciones, larga y bien remodelada por Mario. Es acogedor el Búnker. Y le llaman Búnker porque lo es. Es un lugar de resguardo. Lo sabré después.

Leticia, que mientras aplasta al plátano dice que lo único bueno que le dejó la Policía de Honduras es a su marido Mario, cuenta que huyeron de su país para “salvar la vida”. “Él -dice, y señala a Mario con la boca- tuvo varios atentados, porque era jefe de investigación en Trujillo”. 


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Mario juega en el Búnker con una de sus nietas. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


Entrar en la enredadera de la corrupción de la Policía de Honduras implicaría cientos de páginas y el reporte se quedaría escueto. Pero aporta luces decir que, por aquellos años, a finales del siglo pasado y principios de este, antes de que Leticia y Mario huyeran a Miami, Juan Carlos “El Tigre” Bonilla ya era una prominente jefatura de la corporación. Luego fue director general y su carrera terminó con una extradición a Estados Unidos y una condena en 2024 en una corte de Nueva York por el tráfico de más de 450 kilos de cocaína. 

“Pero yo siempre he dicho que el máximo traficante es Estados Unidos”, irrumpe Mario. 

Intentaron migrar a finales de 2001, con sus dos hijos tiernos, pero los asaltaron en Chiapas y Mario decidió que Leticia y los niños se entregaran a Migración para él poder avanzar más rápido y sin exponerlos. Leticia lo alcanzó sola un año después. La niña y el niño nacidos en Honduras se quedaron allá. Esa herida, que duró años abierta, que aún no sana a pesar de que ambos niños ya son adultos que viven en Nueva Orleans, atormenta a Leticia. Cree que en aquellos años donde sus hijos se criaron con otras personas, algo se rompió. Cree que los hijos que quedaron en Honduras, y que según ella “pasaron momentos muy difíciles”, nunca la han perdonado del todo. Cree que en parte ella hace lo que hace para que ese abandono no le ocurra a otros niños. “Yo todavía no lo supero, fueron ocho años trabajando como burros aquí para apenas poder sobrevivir nosotros y mantenerlos a ellos allá… es lo que nos roba el sistema, nos roba tanto, la vida”, dice. Cuando habla de esto, siempre llora. 

En ese momento, recuerdo la primera frase que la escuché pronunciar hace apenas un rato: “Yo al menos tengo privilegio”. Y aún no se me ocurre cuál.

Suena el teléfono de Leticia. Contesta. Me voltea a ver y dice: “agarraron a otro muchacho con visa juvenil en Kenner”. Y entonces, por primera vez de boca de ella, escucho el nombre del miedo. Como quien pregunta por un secuestrador, Leticia dice: “¿Y andaban de civil, con capuchas? ¿En carros particulares como siempre? ¿No les importó que tuviera visa? ¿A trabajar iba el muchacho? Así son los de ICE, qué le vamos a hacer”. Y luego le da consejos de cómo intentar vencer la burocracia en medio de tiempos de odio y persecución.


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Mario muestra una de las imágenes que acaban de recibir, del arresto de un migrante hondureño que regresaba a su casa de trabajar en construcción. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


ICE: el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, el cuco de los migrantes que, desde el regreso de Donald Trump al poder en enero de 2025 se ha convertido en la punta de lanza de una cacería de la que este país no tenía memoria reciente. Una cacería diseñada para aterrorizar, ser pública y ocurrir ante las cámaras, para dejar claro el mensaje: no los queremos aquí. O, a los que necesitamos, los queremos asustados, ocultos, silenciosos. Ante la caída de la migración indocumentada en la frontera debido al aumento de precios de los coyotes y el terror impuesto por la actual administración, Trump ha desplegado a los agentes de ICE en ciudades y pueblos, a atrapar a migrantes donde sea que estén, sin importar que no hayan cometido ni una infracción para ser detenidos, que estén dentro de su trabajo o en sus casas. Aquí no se persigue al delincuente ni al infractor, se persigue al que parece migrante, así de sencillo, así de racista. Trump prometió la campaña de deportación más masiva de la historia de su país y, si los migrantes no vienen a la frontera, sus agentes llegan a sus puertas. Ya ha habido muertos en los operativos de ICE, migrantes muertos y estadounidenses muertos que protestaban contra esos operativos y cuyas muertes coparon la agenda informativa. Ya es historia consumada, el mensaje de odio dejó de ser mensaje y ya es política gubernamental prioritaria. En el último año fiscal del expresidente Joe Biden, Estados Unidos deportó a 271,484 personas. En los primeros 12 meses de Trump, según el Departamento de Seguridad Nacional, más de 675,000 migrantes han sido capturados y deportados y más de 2.2 millones se han “autodeportado”, ese término tan indolente. Algunas organizaciones y expertos en migración, debido a la falta de transparencia, creen que el trumpismo está inflando las cifras para reafirmar su discurso político.


Los operativos vienen con nombres rimbombantes: Midway Blitz (bombardeo en el Midway), en Chicago; Metro Surge (Oleada metropolitana), en Minnesota; Charlotte’s Web (la telaraña de Charlotte), en la ciudad con ese nombre. Aquí en el Estado de Louisiana se llamó Catahoula Crunch y ocurrió en diciembre de 2025, cuando unos 200 agentes de ICE llegaron a ciudades como Nueva Orleans a cercar barrios completos bajo la promesa de arrestar a 5,000 migrantes y sacarlos del país. Catahoula es una raza de perros de esta zona, que eran usados para la caza y el pastoreo. Y Crunch significa eso a lo que suena: crujir, aplastar.

No llegué hasta el Búnker de Leticia buscando un operativo. Ese ya pasó y fue cubierto por diversos medios. Vine a la tierra pantanosa del Bayou a buscar lo que ocurre después del operativo, fuera de los focos de la prensa, lejos de los últimos asesinatos y a las puertas de que la ciudad festeje su máxima parranda, el carnaval de Mardi Grass, y los bares retumben al ritmo del blues y del jazz y Nueva Orleans se llene de turistas semidesnudos, coloridos collares de bisutería y el alcohol y los borrachos inunden la calle Bourbon, lejos del Búnker. 

Antes de almorzar, cuando nos quedamos solos en la cocina, pregunto a Leticia por qué están ahí dos niños que no son suyos, Gael y Esdras. “Es un acto de amor”, responde, y no se me ocurre mejor manera de definirlo. 

Gael nació en Estados Unidos, hijo de una migrante nicaragüense que fue capturada aquí cerca, en Kenner, afuera de un supermercado a finales de noviembre de 2025, con el niño en brazos y a días de que iniciara el Catahoula Crunch. Deportaron a su madre y él quedó al cuido de la amiga con la que su madre había migrado años atrás, embarazada de él.

Entre la comunidad migrante hay un consenso de que, ante una deportación, es mejor dejar a los hijos a cargo de amigos o parientes que en manos del Servicio de Protección de Menores del país, donde pueden perderse entre la burocracia y pasar meses antes de que los padres puedan conseguir que viajen a reencontrarse con ellos. 

La también nicaragüense que quedó a cargo de Gael trabaja limpiando un hospital, y hace turnos de 11 de la mañana hasta las 10:30 de la noche. Para cuidar al niño tenía que hacer malabares, pedir favores cada día, hasta que gracias a la red de solidaridad entre indocumentados alguien llamó a Leticia. Ella les envió una caja de alimentos, leche y pañales, hasta que un día la madre sustituta pidió a Leticia cuidar al niño. A Leticia le dio temor de que en las idas y venidas nocturnas que hacía la madre sustituta para recoger a Gael en el Búnker, fuera detenida por ICE, que recorre las carreteras de Nueva Orleans como lo hacen también las policías locales, cazando todo el tiempo. Leticia entonces ofreció a la madre sustituta asumir ella ese rol. 

Mientras me cuenta eso, Gael está en sus piernas, y Leticia le da con la mano bocados de pescado que el niño come con gusto, sonriendo a quien ya llama “mamá”. Gael ama a Leticia, es evidente: si se golpea, corre llorando hacia ella; si se asusta, también. Intenta estar todo el tiempo que pueda en sus brazos o su regazo y a veces llora cuando Leticia debe salir sin él. Están en trámites para conseguir su pasaporte nicaragüense y mandarlo con su verdadera madre, allá a una zona rural del departamento de Madriz, en la frontera con Honduras, donde más del 72 % de la población es campesina y sobrevive en áreas rurales en medio de una pobreza agudizada por su ubicación en el corredor seco, a merced de las constantes sequías. 


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En la cocina del Búnker, Leticia y Mario alimentan a Gael, el niño nicaragüense que les llama madre y padre. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


Pregunto a Leticia cómo comunicó a la madre de Gael que ella lo criaría de mientras. Su respuesta es tan directa como profunda: “Fue una llamada. Le dije: ‘usted no sabe quién soy yo, pero aquí tengo a su hijo’... Me habría gustado que alguien hiciera esto por mis hijos cuando yo no estuve, que no hubieran tenido que sufrir”. Por momentos, mientras Gael juega con el carrito en la sala del Búnker, Leticia le pone el teléfono enfrente y el niño escucha la voz de su mamá, a quien también llama “mamá”. “En estos tiempos, solo el migrante salva al migrante”, suele repetir Leticia. “Pero la opresión siempre busca aliados entre los mismos oprimidos”, también suele decir. 

“¿Lo vas a extrañar?”, pregunto. “Él ya es de la familia, ¿cómo no?”, responde y le da otro bocadito de pescado mientras lo ve fijamente y le dice que lo coma, que “es pollito, mi amor”.


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Leticia lleva a Gael a todas partes, incluida la llantería en la que trabaja algunos días de la semana. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


La historia de Esdras es similar, pero ocurrió con su padre. Su madre hacía tiempo que los había abandonado. Nació en 2003 en Santa Fé, Colón, tierra garífuna del caribe hondureño. Estuvo allá hasta sus ocho años, cuando migró a Estados Unidos con su padre. “Mi casa está cerca de la montaña”, dice aún, después de cuatro años de vivir en este pantanoso Estado del que pronto se irá. Para llegar hasta aquí, cruzó México, caminó por horas, subió al tren -“casi se me congelan los pies, porque me quité los zapatos en el tren”, recuerda-, vivió meses en Chihuahua, donde junto a su padre pidieron asilo. “Mi papá construía escuelas en Chihuahua”, dice el muchacho grandote y silencioso. Mientras, pidieron refugio también en Estados Unidos, hasta que consiguieron cita y entraron por el puente migratorio de El Paso, Texas, a esperar ser llamados por una corte. Llegaron directo a este Estado, al pueblo de Marrero. Y siguieron haciendo lo que hacían: construyendo. Porque, a sus apenas 12 años, Esdras sabe cambiar tuberías, levantar paredes o instalar playwood. Es, siendo aún un niño, lo que son la mayoría de migrantes: trabajador. Su padre fue capturado en diciembre, cuando conducía al Estado vecino de Mississippi. Su carro tenía placas de ese Estado, porque en Louisiana un indocumentado no puede obtenerlas. ICE lo sabe y por eso las placas de Mississippi que circulan por aquí son un objetivo a detener, como pasó con el padre de Esdras. El hombre que le había vendido el carro tenía orden de deportación y en un proceso sin sentido, como muchos tantos en este contexto, eso bastó para que el padre fuera capturado y deportado de inmediato a la costa caribeña de la que años atrás huyó. Esdras quedó sin su padre, varado en casa de la hermana Judi, una feligrés de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, como Esdras y su padre; luego, unos días en casa de la pastora Shelton. Cuando se supo que el padre no volvería, la red de solidaridad, una vez más, condujo a un teléfono: el de Leticia. Su respuesta cuando el teléfono sonó fue parecida a la que dio cuando supo de Gael: yo me hago cargo. Desde entonces, hace más de dos meses, Esdras vive en el Búnker, a la espera de que localicen a su madre y firme los documentos necesarios para que él obtenga un pasaporte hondureño y poder volver con su padre.

La cacería de ICE ha abierto limbos absurdos, como el de Esdras, que migró sin papeles hacia el norte y ahora necesita papeles para migrar de vuelta al sur. 


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Esdras practica boxeo en la parte de atrás de la traila de Leticia y Mario. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


Este mediodía en el Búnker están Leticia terminando las delicias con sazón caribeño; Mario, indocumentado como ella; Esdras, en un limbo binacional con apenas 12 años; y Gael, el niño de dos mamás. Todos víctimas de ICE u objetivo de la cacería de ICE. Ya no puedo obviar la pregunta.

-¿Cuál es ese privilegio tuyo del que hablás?

 

Y Leticia contesta con una respuesta que difícilmente volveré a escuchar.

-Ser negra. La gente asume que nací en Estados Unidos. No lo creen de Mario, por ejemplo.

-Pero no tenés nada, ni un papel ni licencia.

-Tengo la licencia que Dios me da. 

11 de febrero de 2026, después del almuerzo

Con la panza llena, viajamos en la camioneta hacia un barrio de Nueva Orleans. Va toda la familia: ella, él y los hijos que son como de ella y de él. Leticia quiere presentarme a Olga, migrante hondureña. 

Olga abre la puerta y nos recibe como familia, porque Leticia es como si lo fuera. Si uno va al lado de Leticia, las puertas de quienes temen se abren. Olga mueve sillas, ofrece bebidas, silencia el programa de televisión que veía. Olga se sienta en la silla más incómoda y, tras presentarme y pedirle conversar, responde: “pregunte lo que usted quiera”. 

Olga, 45 años, y su exmarido Héctor, 42, llegaron hace casi dos décadas a Estados Unidos y aún son indocumentados. El viaje incluyó apiñarse con 150 personas en un tráiler con un solo balde de pintura para mear, dos días sin agua ni comida, asfixia, desnudez. Resistieron. Llegaron. Tuvieron dos hijos aquí. Trajeron a su hija mayor desde Honduras y lograron que pasara formalmente por la frontera, solicitando asilo. Ella es residente. Padres indocumentados, hijos documentados, una brecha que ICE ha sabido utilizar en su cacería. 

Aún separados, Olga y Héctor mantenían comunicación constante y compartían los gastos de crianza. 

El 27 de enero, Héctor regresaba de atender un problema con una de las trailas que alquila. Se percató de que lo seguían un par de carros. Llamó a su hijo y le dijo lo que pasaba, temiendo lo peor. Llegó a su casa, parqueó y bajó con las manos en alto. Hay video de eso.

En el video, cinco agentes de ICE someten en el suelo a un hombre que no se opone. Lo levantan esposado y él sigue sin oponerse. 

Olga contrató a un abogado de migración que, tras revisar el caso, concluyó que sería muy difícil conseguir algo. Semanas después de su captura, Héctor la llamó desde el centro de detención y le dijo dos cosas. La primera fue que iba a pedir la deportación, que el centro estaba lleno de personas que llevaban ahí demasiado tiempo, pagando abogados que cobran entre $5,000 y $10,000 por cinco meses de representación, y que su abogada ya le había dicho que no se veía luz al final de su caso. La segunda fue: “Olga, aguantá, preparate y prepará los pasaportes de los niños”. Dos de sus hijos son menores y aquel “preparate” significaba alistar lo necesario para prever una eventual deportación de Olga, la necesidad de llevarse a los niños a un país donde nunca estuvieron y del que no tienen ni pasaporte. El “aguantá” es más difícil de interpretar, incluso para Olga, pero ella cree que se refiere a aguantar económicamente: la casa donde Olga vive con sus hijos vale $1,300 al mes más impuestos, unos $200 de luz, unos $115 de agua. Anoche, Olga salió a regular el paso de agua, para que “no salga tan fuerte”. 

Todos los migrantes con los que hablé pagan impuestos a través de su Individual Tax Payer Identification Number (ITIN), un número que solo sirve para que un indocumentado pague impuestos y demuestre, en algún futuro utópico de que haya alguna amnistía migratoria, que lleva lo que lleva de vivir en este país. Pero no solo eso, pagan seguros de vida, de carros. Quienes tienen negocios, pagan impuestos de propiedad, impuestos sobre las utilidades, impuestos federales y estatales. Leticia y Mario, que viven allá lejos en su traila, calculan que pagan unos $25,000 de impuestos al año. Y eso no les da derecho ni a tener licencia de conducir en Louisiana. Y con ese dinero que pagan, quizá, se financia la cacería que padecen.

-Olga, usted lleva años aquí. ¿Es peor ahora que antes?

-Nos da miedo salir.

Y me cuenta que, aunque entra a las 8 de la mañana al hotel donde limpia, ha empezado a irse de casa a las 5, “cuando está oscurito y no pueden ver cómo me veo”. Porque Olga se ve como lo que es, una centroamericana, una presa en esta cacería. Su miedo se acrecentó cuando, a principios de diciembre, Gregory Bovino, entonces jefe de la Patrulla Fronteriza y uno de los zares de la persecución, se paseó por el barrio francés y los barrios migrantes de Nueva Orleans inaugurando el Catahoula Crunch. Este bisnieto de migrantes calabreses llegó a definirse como “quiebra-santuarios”, en referencia a lo que pretendía hacer con las ciudades declaradas santuarios para migrantes. Aquí iba acompañado de 15 agentes, muchos de ellos con pasamontaña, que caminaban como desfilando por la ciudad, mientras otros andaban ya de cacería. Querían ser vistos.
Muchos de estos operativos, como el que ocurrió aquí, son anunciados con anticipación. Catahoula Crunch fue anunciado semanas antes de ocurrir, cuando aún se desarrollaba Charlotte’s Web. Es como una gira del terror: van de ciudad en ciudad anunciando la próxima fecha. La estrategia del trumpismo se mueve entre la voluntad real de atrapar a cuantos puedan y la vocación de masificar el mensaje y aterrorizar a muchos más. “Es una campaña de terrorismo de Estado”, suele repetir Leticia. Aquella noche, Olga pidió al gerente del hotel donde limpia que la dejara dormir ahí, que ICE andaba suelto en la ciudad. El gerente dijo que no. Olga y una compañera, de escondidas, metieron un par de catres al cuarto de servicio y pasaron ahí la noche. Olga no durmió.

-Olga, ¿y por qué vale la pena seguir aquí con tanto terror?

-Pues mire, uno ya de adulto ya no vive para uno, vive para sus hijos. Yo he visto muchas experiencias, he visto en mi país. Yo le doy el ejemplo de mi sobrina, de mi cuñada. Mi cuñada es una mujer que se vino huyendo. Los mareros le mataron dos hermanas.¿Qué puedo yo ir a hacer con mis hijos a mi país? A que un marero me diga: “¿Sabes qué? Este niño tiene que trabajar para nosotros". Entonces, yo no voy a llevar a arriesgar a mis hijos allá. Allá no se encuentra trabajo. ¿Qué edad tiene Fabio? 17 años ya. Una edad bien complicada para estar ahí. 17 años, ¿para que un marero me lo agarre o me lo mate? Es como que me mate en vida a mí. 

Todo lo que ha dicho lo ha dicho llorando.

Javier, primo de Olga, también fue deportado en noviembre, tras 20 años en este país, trabajando en albañilería. Poco a poco fue remodelando su casa allá, pero la casa está en el barrio Rivera Hernández, uno de los más violentos de la violenta ciudad de San Pedro Sula. “La casa queda en medio de la MS y la 18. Él tiene casa, hermosa la casa que mandó a hacer él, pero ahorita vive de arrimado”, cuenta Olga. En una llamada telefónica, Javier me contó que está pensando en volver, pero que, gracias al trumpismo, ahora el coyote le cobra $19,000, casi el doble de lo que cobraban hace cinco años. 

El hermano de Olga padece cáncer. Cuando la cacería arreció en noviembre pasado, dejó de salir a trabajar. Se encerró en su traila. Recién salió de nuevo la semana pasada, pero eso implica que la hija de Olga, que sí es residente, lo pase a traer de madrugada, como hace con otras amigas de Olga, y lleve a todo mundo al trabajo antes de que salga el sol y ellos queden expuestos a su luz y ICE pueda ver cómo se ven.

-Olga, ¿cómo es su vida ahora?

-Ya no salimos, ya no hay reuniones familiares, ya no hay nada. Nadie visita a nadie. Sálvese quien pueda. Mi cuñada hizo cena navideña. Yo no fui. 

Aquel mes navideño fue el Catahoula Crunch.

-¿Dónde la pasó? 

-Aquí, encerrada en mi casa. 

En la televisión que Olga ha silenciado, en Telemundo, transmiten un programa de esos donde las personas tienen que sortear un montón de creativos obstáculos para llegar a la meta, mientras se caen, se golpean, se magullan. 

12 de febrero de 2026, mañana

Una noticia copa la agenda informativa de los telediarios de la mañana. Ayer, una juez ordenó que se revelaran unos 220 mensajes de texto de un agente de ICE que en octubre del año pasado le metió cinco tiros a la profesora estadounidense Marimar Martínez, de 30 años, alegando que esta les perseguía con su vehículo para obstaculizar un operativo contra migrantes en Chicago. Los videos desmintieron la versión del patrullero. Marimar sobrevivió. Los mensajes que el tirador Charles Exum envió a sus compañeros de ICE eran brutales: “Disparé cinco veces y ella tenía siete agujeros. Anoten eso en sus libros, muchachos”.

No hay manera de que un migrante -indocumentado o hijo, hermana, madre de un indocumentado- no esté ahora mismo aterrado. Las imágenes de brutalidad en la cacería de ICE llegan por todos lados: redes sociales, mensajes en chats privados, la televisión, los periódicos, las conversaciones telefónicas. Incluso, sin que uno quiera. Uno pone alguna canción en Youtube y salta la publicidad de Kristi Noem, entonces secretaria de Seguridad Nacional de Trump, recordando a los migrantes que no vengan, que “te vamos a cazar”. Y, de vez en cuando, como con Marimar, las imágenes muestran a ciudadanos estadounidenses siendo tiroteados por ICE, y los indocumentados viendo todo eso, sin un papelito que diga que están ahí con permiso de alguien. Es un estado de psicosis que lleva a situaciones extremas. 

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Llego a Familias Unidas en Acción, una oenegé que Mario y Leticia fundaron en 2018 y que da asesoría legal, educación sobre los derechos de los migrantes, campañas de diversa naturaleza, programas de repartición de alimentos a quienes no pueden salir de casa a trabajar debido al terror campante en la actualidad. Actualmente, Leticia es asesora de la organización.

Afuera hay un carro. Dentro del carro, un hombre y dos niños. Junto a mí, el fotógrafo catalán Edu Ponces. Ni el hombre ni los niños bajan del carro. Nosotros parqueamos frente a él y entramos a la oenegé. Nos recibe Miriam Romero, que ahora coordina la asistencia rápida en salud mental, y nos dice que quería presentarnos a don Nelson, pero que curiosamente él, que siempre es puntual, no ha aparecido. Le digo que afuera hay un carro con un hombre adentro. Ella sale y en breve vuelve a entrar. Sonriendo nos dice que el de la vieja camioneta Mitsubishi es don Nelson y sus dos hijos, que cuando vio “al blanco”, al fotógrafo, pensó que podía ser ICE y mejor no bajó. 

Miriam me cuenta que los casos que han tenido que atender son inclementes. Con su red de 150 voluntarios, reparten comida a gente que ha instalado cámaras en las trailas de las que no salen, y que cuando les dejan comida les llaman para que vean que afuera no está nadie, solo la comida y abran la puerta y la agarren rápido, como quien temiera a un virus que flota por la ciudad. Y que han visto familias que, por no poder buscar trabajo debido a la cacería, han tenido que juntarse hasta tres familias en una sola traila o quedarse a dormir en los restaurantes donde trabajan por semanas, sin ver a sus hijos.

El hondureño don Nelson cruzó en septiembre de 2023. Venía con sus dos hijos y la madre de ellos. Ahora, el niño tiene cinco y la niña tres, lo que quiere decir que don Nelson y su pareja viajaron con un hijo de brazos y la otra por nacer. En Estados Unidos, la madre dejó a la familia por otra pareja, y apenas saben seguirle la pista de dónde está ahora mismo. Don Nelson, que alquila un cuarto de una traila, que implica pasar por otro cuarto para llegar hasta su cama, se quedó solo con los niños, dejándolos cada día al cuido de una señora por $50, trabajando de construir barcos, hasta que un hierro rompió el tensor y le arrancó parte de un dedo de la mano derecha, dejándole también lesiones en el brazo que apenas puede levantar. La compañía le pagó una indemnización y con eso han sobrevivido. Y con eso, con lo que le queda de eso, va a financiar su retorno a Honduras en una semana. Eso a lo que los trumpistas llaman “autodeportación” y que parece un absurdo hasta que no lo es. 


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Don Nelson sostiene en brazos a sus hijos de tres y cinco años. Ante la cacería de ICE, ha decidido volver a Honduras, pese a las amenazas de las pandillas. No quiere arriesgarse a que sus hijos se queden solos, no tiene con quién dejarles. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


Él, que huyó de la miseria del salario de sastre y de mototaxista en San Pedro Sula, Honduras; él, que decidió finalmente migrar cuando los pandilleros le impusieron extorsión en el barrio El Porvenir, ahora ocupará los dólares que le quedan para comprar tres boletos de avión y volver. 

-¿Por qué, don Nelson?

-Yo he mirado por las redes sociales y, aunque no son familiares de uno ni nada, me toca hasta el lagrimeo. He visto por la tele cosas feas, cómo los agarran, cómo los tratan, no les dan chance ni de ir a traer a sus familiares. Imagine que hasta ciudadanos de Estados Unidos que por defendernos a nosotros también perdieron su vida. Entonces, prefiero irme con ellos -y voltea a ver a sus niños que lo abrazan- que no volverlos a ver. No tengo un familiar que se encargue de ellos. 

-Don Nelson, ¿y antes del Catahoula Crunch, salían?

-Me iba a pie para que ellos fueran más tranquilos, con su pelotilla. Íbamos al puerto, a ver los barcos con ellos. 

Con todo el derecho que le asiste de volver a su país para no arriesgarse a que le quiten a sus hijos, la decisión de don Nelson es el éxito de la campaña de terror de Trump: un hombre que huyó y cruzó más de 5,000 kilómetros para llegar hasta aquí, que trabajó sin descanso hasta que el trabajo le partió el cuerpo, que aún no ha visto a nadie cercano ser arrestado por ICE, decide volver ante la saturación de imágenes que le recuerda cada día desde el teléfono y la televisión que vienen por él y solo por él, no por ellos. Que vienen a separarlo de ellos. Y se va. Mejor se va. Y se los lleva.

Tocan la puerta. Miriam abre y atiende a una hondureña que llega a pedir ayuda con los trámites para sacar los pasaportes hondureños de sus tres hijos y dejar todo listo por si  la cacería de ICE la alcanza. Va a salir a buscar trabajo. Desde noviembre no trabaja por temor a las redadas. “No he salido de la casa”, dice. Ya es hora de arriesgarse. 

12 de febrero de 2026, tarde

Hacer recorridos con Leticia es una vorágine. Lleva tantos años organizando a la comunidad que su teléfono no para de sonar y los casos de miseria que conoce en estos tiempos de cacería componen una interminable lista. 

En el barrio francés, Mardi Gras ya arrancó, y sus calles se han llenado con unos 2.2 millones de visitantes. Aquello es un tumulto de alegría y tragos. Pero nosotros vamos a otro lado, al lado gris, a Clearview, un barrio obrero de la ciudad. En el camino, Leticia habla con una migrante que está organizándose para escoltar a las caravanas coloridas del Mardi Gras, no como parte de la fiesta, sino como miembro del convoy de centroamericanos migrantes que irán recogiendo la basura que dejaron los que gozan. Leticia pone el altavoz y le pregunta si no tienen miedo de que ICE los arreste. “No, si hasta nos cuida la policía, porque si no recogiéramos la basura esta ciudad sería un basurero… No te piden ni un papel ni nada, solo anotarte en una lista. ¿Te anoto?”, responde su amiga. Es paradójico: en una ciudad donde cientos de migrantes se asfixian malcomiendo encerrados en sus casas, otros indocumentados pueden recorrer las calles más turísticas, siempre y cuando lo hagan recogiendo basura, dejándolas limpias para los verdaderos invitados que volverán a parrandear al día siguiente. 

Llegamos a casa de Yosselin. En la alacena de la precaria cocina hay solo pan y galletas. El “efecto Leticia” vuelve a dar resultados y la confianza se hereda al instante. Yosselin, de 30 años, migró con dos hijos pequeños y su marido. Aquí en Estados Unidos tuvo otros dos, entre ellos un bebé recién nacido. Uno de los nacidos en Honduras tiene cardiomiopatía hipertrófica, que endurece el corazón, dificultando la irrigación de sangre y pudiendo provocar muerte súbita. Pensaron que aquí podía recibir mejor atención que allá en el departamento de Olancho, tierra de campesinos y ganaderos. 

Eliam, de seis años, otro de sus hijos, tiene autismo en tercer grado, el nivel más alto, que debe ser tratado con atención especializada constante para no derivar en déficit severo en la comunicación y las interacciones. Eliam no está siendo tratado de esa manera. Yosselin apenas sobrevive. ICE capturó a su marido el 12 de enero. Antes de eso, tenían dos meses de no salir de casa. Catahoula Crunch les truncó el negocio, un carrito de lácteos y comida con el que vendían en las calles. Habrían sido un blanco casi que desconcertante para los de ICE, que apenas habrían podido creer el atrevimiento. Esos meses vivieron de la solidaridad de amigos y de redes como la de Leticia, que repartían comida. Pero tras dos meses de no pagar renta, los echaron de casa y recalaron en esta vivienda donde además viven sus dos hermanas con sus cinco hijos. Su marido decidió arriesgarse y aceptar un trabajo de pintura. Salió por primera vez en busca de unos dólares y fue atrapado de inmediato.

Diversos estudios dicen que toda percepción de inseguridad es mayor que la realidad misma, pero lo que aquí ha ocurrido en estos meses reta esa afirmación. Ejemplos como el del marido de Yosselin no son agujas en ningún pajar. Puso un pie en la calle y lo cazaron.

Apenas logro entender lo que Yosselin sigue contándome. Eliam, el niño con autismo, se ha subido en la mesa, lanza cosas. Le ha excitado la presencia de extraños. Leticia y Mario están junto a Esdras y Gael. Eliam no puede contenerse y emprende contra el más pequeño. Leticia entrega una canasta de comida a Yosselin. Los gritos del niño retumban en la encerrada casa donde 12 personas comparten tres habitaciones y dos baños. Más gritos. “Calmate, mi amor”. El niño ha agarrado un palo e intenta golpear a Gael que corre a los brazos de Leticia. “Es que él necesita terapias, porque es etapa tres… Sí, mi amor, venga, mi amor”. Más gritos. Salen otros niños de los cuartos. La mayor tiene 18 y la menor apenas 12 días de nacida. Su papá no la conoce. Se lo llevó ICE. “Venga, mi amor, venga, cálmese, suelte eso”. Llantos de Gael. Gritos de Eliam. Alcanzo a preguntar casi a gritos: “¿¡Vivís ahora mismo con cero dólares!?”. Me responde a gritos también: “¡cero, nada, nada, nada, ayer no teníamos nada que comer, así nos acostamos!… Venga, mi amor… Ya tenemos un mes de no pagar renta, el señor nos quiere echar. Mis hermanas tampoco tienen trabajo, ahorita andan buscando trabajo en demolición… Cálmese, mi amor… Mi marido no tiene aún fecha de audiencia de deportación… Me da miedo salir a buscar trabajo, me agarran a mí y mis hijos quedan solos… Esto no es vida. ¡Uy, esperate, esperate, cuidado, cuidado, no, papi!”.

Salimos. Respiro. Yosselin se queda dentro. Los nueve niños se quedan dentro. Las dos hermanas quizá vuelvan dentro. Quizá no.

12 de febrero de 2026, noche

Seguimos la ruta. Leticia marca el rumbo. Vamos a Kenner, donde empezó el Catahoula Crunch, una ciudad cercana al aeropuerto donde no ha dejado de haber redadas desde diciembre.

Cada puerta que Leticia abre depara una sorpresa. Se abre la puerta en la calle Dawson y retumba un culto evangélico donde 17 migrantes gritan su fe en un cuartito de tres metros por cuatro. Lloran, aprietan los ojos, gritan aleluyas, gritan gloria a dios, cantan. Leen Mateo 26:36, Hechos 16:25, que cuenta que Pablo y Silas, pese a haber sido azotados y encerrados, cantaban himnos a su Dios. Es un culto normal. Daisi, la salvadoreña anfitriona, es la capitana de los Guardianes del Barrio nombrada por Leticia en Kenner, una iniciativa de ella y Mario que busca tener una persona de contacto en cada punto rojo de redadas, para comunicarse, avisar de operativos o si alguien está padeciendo hambre. Pienso que Leticia me trajo para mostrarme la necesidad de catarsis de una comunidad tan azotada, tan encerrada. Gael se duerme en los brazos de Leticia que, desde el sofá, al lado del pastor, me sonríe como quien sabe que algo pasará. 


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Migrantes indocumentados en un culto evangélico en la calle Dawson de Nueva Orleans. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


Termina el culto. El pastor pregunta:

-¿Alguien quiere pedir algo, hermanos?

-Yo -dice una mujer-, por mi hijo, que lo detuvieron ayer.

-¡Por el hijo de mi hermana, que está detenido!

El pastor me permite hablar con sus fieles. Pregunto, a voz alzada en la salita: “¿alguien más tiene parientes deportados o detenidos?”. “Deportaron a un primo mío hace unos meses”, dice el hombre garífuna. La mujer que pidió oración por su hijo detenido no dice nada. “Yo estuve seis meses cuidando a dos niños de un matrimonio que deportaron”, dice otra mujer. “No se quedan mucho, agarran a uno, a dos, y se van, y luego vuelven”, dice un hombre. “¿Y de esta comunidad tan bonita no han deportado a nadie?”, pregunto. Responden a varias voces: “A ninguno. Ni va a pasar. ¡Gloria a Dios! ¡Aleluya!”. Aplauden. 

“La fe sin obra no funciona”, les dice Leticia con una sonrisa suave a manera de despedida. Luego va al carro y baja una dotación de pámpers que trae para que se repartan en el barrio. 

“¿Estás cansado?”, me pregunta Leticia pasadas las 9 de la noche. “No”, le miento. “Entonces sigamos”, dice. 

A solo ocho cuadras del culto, vive Xiomara, hondureña también, indocumentada también, solicitante de asilo. Abre la puerta con confianza al ver a Leticia. Ella y su marido llevan más de diez años acá y su historia empieza a marcar un patrón con las demás: dos meses sin trabajar tras el Catahoula Crunch, viviendo de ahorros y solidaridad desde que las patrullas cercaron su calle, epicentro del operativo, donde se paseó el mismísimo Gregory Bovino. Creo que Leticia me trajo para ayudarme a dimensionar lo fino que puede llegar a ser el terror. Xiomara ha metido el basurero que normalmente las casas estadounidenses tienen afuera. Vio un video de un muchacho que era detenido por ICE mientras tiraba la basura frente a su casa y desde entonces prefiere acumular adentro y esperar el momento oportuno para sacarla de madrugada. Xiomara aún mantiene en el árbol de Navidad la carta que su hijo pequeño hizo a Santa. No había dinero en diciembre ni ánimo alguno de salir a comprar juguetes. En diciembre, por tanto, no llegó Santa, sino ICE. Por eso la carta sigue ahí, como promesa de que tal vez algún día la cacería se detenga y Santa pueda volver.


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Migrantes indocumentados oran en un culto evangélico en Kenner, en el que pidieron por algunos parientes deportados. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


13 de febrero de 2026, mañana

El tren avanza a la par nuestra en la carretera. Acabamos de salir del Búnker y vamos a dejar a Esdras y Gael en casa de una familia amiga de Leticia y Mario, para seguir nuestro recorrido y tocar otras puertas de quienes padecen la campaña de terror de ICE. La red de Leticia está compuesta por un montón de familias indocumentadas que padecen lo mismo, se informan entre sí y piden ayuda por mensajes telefónicos a grupos de WhatsApp que funcionan como un diario de la persecución y la miseria, pero también como un registro de la solidaridad de “los jodidos por los jodidos”, como dice Leticia. En esos grupos se habla de la necesidad de leche, de pámpers, pero también de que han detectado a ICE cazando en tal o cual carretera. 

Enrumbamos hacia Slidell, una ciudad a 50 kilómetros de Nueva Orleans que fue, junto con Kenner, el epicentro del Catahoula Crunch porque, gracias a sus espacios abiertos en medio de humedales y bosques costeros, es ideal para albergar a decenas de parqueaderos de trailas, donde se acumulan cientos de esas casas rodantes. ICE entendió que aquel era terreno fértil para su cacería y mandó a sus agentes de civil, en carros normales de cuatro puertas a perseguir a todo aquel que pareciera migrante: que llevara herramientas en la cama del picop, que vistiera un mono para pintar, que llevara a varias personas morenas que dieran la impresión de ser albañiles rumbo a alguna obra. ICE no anda cazando prioritariamente criminales. Esa farsa del discurso trumpista se disuelve en Louisiana tras un primer vistazo. ICE anda cazando, sobre todo, trabajadores.


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Mario, en el parqueadero de Slidell, de donde ICE se ha llevado a al menos 25 migrantes en los últimos meses. En su suéter, la leyenda: “Quédate con los inmigrantes. Deporta a los racistas”. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


Llegamos al parqueadero Roque, a casa de otra hondureña, Melissa. Su marido fue capturado el 3 de noviembre. Casi todas las capturas de las que he sabido ocurrieron fuera del Catahoula Crunch. Es innegable que el operativo intensificó unos días la cacería, pero es un error pensar que la cacería empezó o terminó con él. Aquello fue más bien parte del plan comunicacional de difusión del terror.

Al marido de Melissa lo atraparon justo afuera del parqueadero, donde se habían instalado agentes de ICE de civil, aparentando comprar algo en la tiendita de la gasolinería.

Llegaron hace seis años, con Melissa embarazada. Allá en Olanchito, de donde son, su marido era repartidor de Pepsi y, en una de las tantas experiencias de extorsión que padeció a manos de pandilleros, un día lo retuvieron varias horas exigiendo más dinero. Entonces decidió dejar su país, contratar un coyote y entrar a este sin permiso de nadie. Intentaron, como muchos, iniciar un proceso de regularización y fueron a la corte, pero la pandemia interrumpió el mundo. Cuando quisieron retomar el trámite, les dijeron que su proceso había caducado. 

Pregunto a Melissa por qué detuvieron a su marido y responde que porque lo vieron sospechoso. “¿Sospechoso de qué?”, pregunto: “de ser latino”, responde sin ninguna intención sarcástica. 

Melissa, sin pareja, con tres hijos (de 16, 12 y 8), que sobrevive de lo que la red de solidaridad provee y agotando los ahorros acumulados, ya no los acompaña a la carretera, donde pasa el bus amarillo que los lleva al colegio, frente a la gasolinería donde detuvieron a su marido, a 200 metros de su traila.

Los pastores de la iglesia Rey de Reyes, donde ella se congrega, ya tienen una carta de potestad sobre sus hijos y ellos ya tienen pasaportes hondureños. Ya todo está listo para un futuro probable: el arresto de Melissa. 

De momento, toda precaución vale: una vecina que tiene papeles lleva cada mañana a sus hijos a esperar el bus amarillo. 

“La solidaridad”, dice Melissa. “Los jodidos por los jodidos”, repite Leticia. Y entonces salimos hacia el otro parqueadero, donde la red de solidaridad se revelaría por completo.

A unos pocos minutos está el parqueadero Tanami, más grande aún que el anterior, con unas 150 trailas. Nos recibe una migrante centroamericana que lleva aquí desde que pasó el huracán Katrina. Es la capitana designada por Leticia en este parqueadero, pero prefiere que su nombre no aparezca. El terror en Slidell ha calado hondo, tanto que incluso han implementado un sistema: por las mañanas, a eso de las 4, antes de que salga el sol, algunos migrantes que tienen residencia salen a “patrullar”, como dice la capitana. Dan vueltas por las carreteras, por los caminos que conectan con el centro de Slidell o la salida hacia Nueva Orleans. Si no ven carros sospechosos aparcados, si no ven carros que vayan y vuelvan dando rondines, escriben “limpio” en el chat, para que los demás indocumentados se apuren a salir hacia sus trabajos. Si en cambio ven alguna de esas señales, solo ponen en el chat el ícono de un hielo: ICE. Entonces nadie sale del parqueadero, así pierdan sus trabajos.

Además, han instalado cámaras afuera del parqueadero, para monitorear si ICE acecha y cuentan con la solidaridad de algunos migrantes árabes e hindúes que les avisan cuando carros sospechosos pasan frente a sus negocios. Es como una red clandestina de vigilancia y comunicación que sirve para algo poco clandestino: trabajar. “Y ese es solo el grupo de este parqueadero, porque tenemos grupos más grandes con otros parqueaderos”, dice la capitana. 

Aún así, ICE ha logrado cazar a muchos. La capitana sale de su traila y empieza a señalar: que si aquella mujer de la traila gris es madre de una niña con discapacidad auditiva, y lleva meses sin salir, porque es madre soltera y si la deportan la niña quedaría abandonada. La señora quedó “traumada” de cuando la detuvieron los policías del Sheriff, que también ayudan en la cacería, y casi le rompen el vidrio del carro, pero ella empezó a gritar que la niña tenía problemas y la dejaron ir. Que la traila café está vacía. Se llevaron al mexicano que la habitaba. Y también está vacía la “verdecita” de más allá. Que de la traila de dos habitaciones que está a la par de la suya se llevaron al tío y al padre del muchacho que a sus 17 años se ha quedado solo, que come “porque lo alimentan los vecinos”, que ya no tiene dinero y ha salido a trabajar en construcción, pero que no le importa mucho si ICE lo agarra, porque total ya no le queda nadie en este país. “Desde noviembre se han llevado a unas 25 personas solo de este parqueadero”, calcula la capitana. Y luego está el señor Mendoza, que se lo llevaron a él y a su pareja, otro migrante hondureño, y dejaron a los perritos, a Chaparra, Chiquis y Capuchino.


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Mario recibe una llamada en el parqueadero de trailas de Slidell. Muchas de las trailas a su alrededor están vacías porque ICE deportó recientemente a quienes las habitaban. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


La capitana, que tiene las llaves de la traila del señor Mendoza, le llama hasta Honduras y le pide permiso para meterme en su propiedad. Los perritos, macilentos, saltan y ladran en el traspatio al verme entrar. Obviamente, los alimentan los vecinos. Los jodidos por los jodidos. A quienes no pudieron contener fue a las 43 gallinas del señor Mendoza, que quién sabe por dónde andan. Desde dentro de su traila, llamo al señor Israel Mendoza, de 49 años: dice que llevaba 20 años en Louisiana, que era albañil, que tenía un proceso abierto de asilo y eso le daba permiso de trabajo, que eso no detuvo a los agentes de ICE que lo capturaron el 4 de noviembre en la propiedad privada donde instalaba un techo en Mississippi, a él y a su pareja. “Quisiera regresar, pero el coyote está cobrando $17,000”, dice desde Honduras el señor que quiere volver a su traila en Slidell.
Llega un punto en el que el recorrido con Leticia es agotador. Tras cada puerta, una nueva desgracia. Y entonces, cuando ya parece que la próxima historia no puede ser peor, Leticia suelta una de sus frases: “Mañana vamos a ir a ver al bebé que está a punto de morirse y le deportaron al papá”.

14 de febrero de 2026, final de la tarde

De camino a Metairie, el mayor suburbio de Nueva Orleans, paramos en el parqueo de un Ideal, donde Leticia y Mario recogen frijoles, arroz y leche que les han enviado de una parroquia. La solidaridad, así como la cacería, no se detiene. 

Esta mañana, Marco Rubio, secretario de Estado de Trump e hijo de migrantes cubanos, ha dicho en una conferencia en Múnich que “en la búsqueda de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola sin precedentes de migración masiva que amenaza la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestra gente… La migración masiva es una crisis que está transformando y desestabilizando sociedades en todo el oeste”. 

Seguimos hacia el sureste, a Chalmette, que siglos atrás fue una de las mayores plantaciones trabajadas por esclavos en Nueva Orleans y ahora es un área espaciosa, con casas grandes.

En una de esas casas está Melisa Pérez, guatemalteca, madre de dos gemelas de ocho años, a quienes trajo a este país de cuatro meses, cuando junto a su marido migraron desde el departamento de San Marcos. Melisa también tiene un bebé de un año y tres meses. 

Su bebé tiene enfermedad de Pompe, una condición degenerativa que afecta a uno de cada 100,000 niños del mundo y causa debilidad en los músculos esqueléticos, cardíacos y respiratorios. El corazón no tiene fuerza para irrigar. Los pulmones apenas pueden inhalar. La probabilidad de vida en bebés es mínima. Su hijo ha sido desahuciado, pero la doctora genetista que lo atendió introdujo a Melisa con organizaciones de solidaridad con personas con Pompe, y gracias a eso Melisa ha logrado sostener el tratamiento de su hijo que, de otra manera, jamás habría podido costear. La enfermedad de Pompe, dice Melisa, nadie sabe cómo atenderla en Guatemala. Muchos doctores con los que habló, explica, ni sabían de ella. Y, aunque supieran, los cuatro medicamentos que necesita su bebé cuestan unos $1,000 semanales. Y ella no sabe si, de ser enviada a Guatemala, las organizaciones privadas estadounidenses la seguirían apoyando.

Melisa se ha quedado sola. En pleno Catahoula Crunch, en diciembre pasado, en Kenner, epicentro de la cacería, capturaron a su esposo y a su hermano, a eso que ella conocía como familia. ICE los bajó del techo que reparaban en una casa. Su tío se pasó a vivir con ella en un cuartito, para asumir los gastos. Lo capturaron hace unas semanas.

Melisa no puede salir a trabajar. Si la cazan, su bebé se queda solo, sus gemelas se quedan solas. Ahora vive en esta casa donde una migrante guatemalteca a la que conoció en Florida le ha dado un cuarto para que vivan todos. Melisa no sabe hasta cuándo durará esa solidaridad. No tiene nada más. “Los médicos me dicen que mi hijo va a morir, pero yo lo veo lleno de vida”, dice Melisa. “Yo lo que quiero es irme de aquí”, dice en pleno llanto. Pero la vida de su hijo y su deseo de volver son incompatibles de momento.

 

Subimos a la segunda planta a ver a su hijo. Solo puede mover los ojos vivos que tiene, como los de cualquier bebé que busca. Está en una cuna conectado a tres máquinas: la que extrae flemas, la que mantiene su corazón bombeando, la que lo mantiene respirando. 


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El bebé de la guatemalteca Melisa Pérez, con enfermedad de Pompe, conectado a máquinas que lo mantienen vivo. Su padre fue deportado. Su madre no puede salir a trabajar y viven en casa de unos amigos que de momento les dan cabida. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


15 de febrero de 2026

En el barrio francés de Nueva Orleans, los turistas y locales que parrandean en la calle Bourbon o en la Frenchmen caminan entre la estruendosa música que sale de todas partes y compite en decibeles. Mardi Gras está a tope. Como cada año, entre todos ellos dejarán tiradas más de 1,000 toneladas de basura, principalmente en collares de plástico que hombres y mujeres lanzan desde los balcones de estilo colonial criollo a quienes enseñen las nalgas o los pechos. Al final de la calle, cuatro migrantes latinos recogen la basura, la empujan con escobas, la meten en un cubo, la apretujan. No cabe más basura. El cubo está lleno. 


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Gael espera que Leticia vuelva al Búnker. Al niño no le gusta que la mujer a la que llama “mamá” se aleje de él. Foto de El Faro: Edu Ponces/RUIDO Photo.


26 de marzo de 2026

Hoy, Leticia entregó a Gael a la mujer nicaragüense que lo llevará mañana a su país, a reunirse con su madre al pie de las montañas del departamento de Madriz. Leticia ha llorado buena parte del día. Lo entregó hoy para evitar que mañana que vuela Gael haga un escándalo en el aeropuerto ante la separación. O sea, para hacer lo que ha hecho todo este tiempo, hacer a Gael la vida menos difícil, más feliz, protegerlo de esta cacería. Le escribo, le pregunto cómo está. Responde: “Tengo sentimientos encontrados, pero créeme que estoy muy feliz porque finalmente mi muchachito estará en los brazos de la madre que lo parió, de donde jamás debió haber sido separado. Mario y yo nos quedamos con el amor más puro y sincero que hemos recibido en estos últimos tiempos. Ya lo extraño. Así como mi tristeza, es grande también mi felicidad, porque tengo un hijo que nació de mi corazón”.