El Salvador/Cultura

Luciérnagas en El Mozote: la película apoyada por el Gobierno que obstaculizó esclarecer la masacre

La película póstuma del director salvadoreño Ernesto Melara, Luciérnagas en El Mozote, estrenada en diciembre de 2025, tuvo el apoyo del Gobierno de Nayib Bukele, del Ministerio de Defensa y la Fuerza Armada, la institución donde nació el Batallón Atlacatl que en diciembre de 1981 perpetró la masacre que recrea la obra.

 
Natalia Alberto y Ramiro Guevara

El 11 de diciembre de 2025, en el aniversario 44 de la masacre de El Mozote, se estrenó en San Salvador la película Luciérnagas en El Mozote, dirigida por Ernesto Melara (fallecido el 8 de marzo de 2025). La obra contó con el apoyo del Gobierno salvadoreño y la participación del Ministerio de Defensa, los mismos que han negado el acceso a los archivos militares del caso de la masacre de El Mozote, destituyeron al juez que llevaba la causa judicial e incluso sostienen que los Acuerdos de Paz, que acabaron con el conflicto que provocó la masacre, fueron una farsa.

El 21 de noviembre de 2022, la Secretaría de Prensa de la Presidencia publicó un vídeo en redes sociales con la descripción: “Ayer el Presidente Nayib Bukele se reunió con el elenco de Luciérnagas en El Mozote, una película producida en El Salvador y que narrará una parte de la historia de nuestro país. Conversando con ellos pudimos conocer la percepción que tienen del país que estamos construyendo”.

En el video se muestra a parte del equipo de la producción y el elenco: al director y guionista Ernesto Melara, al productor Elías Axume, al productor estadounidense ganador del Oscar y BAFTA Bob Yari, a la actriz española Paz Vega y al joven actor salvadoreño Mateo Honles reunidos con el presidente Nayib Bukele en la Casa Presidencial. En el video, el director destaca que han podido hacer esta película debido a la seguridad pública. “Lo más importante y la razón principal por la que podemos rodar en este país es por el clima de seguridad que se ha logrado en este gobierno”. Yari agrega que, gracias a las políticas del actual presidente Bukele, fue posible grabar la película en El Salvador. “La sensación de seguridad hizo posible una película como esta, que sería políticamente difícil creo que ha sido posible gracias a la apertura y la nueva seguridad”, dijo. Paz Vega, la actriz española protagonista de la película (reconocida internacionalmente por películas como Lucía y el Sexo, Carmen o Spanglish), dice que fue una agradable sorpresa haberse sentido segura filmando en el país. “Siento que esa imagen de El Salvador de cara afuera no corresponde con la realidad”. Los 3:16 minutos que dura el video son elogios hacia las políticas de seguridad del Gobierno de Bukele.

Jorge Guzmán, exjuez del caso El Mozote, fue bloqueado por miembros de la Fuerza Armada, cuando intentó ingresar a la Segunda Brigada de la Fuerza Aérea, en el aeropuerto Monseñor Óscar Arnulfo Romero, en el departamento de La Paz. Foto de El Faro: Víctor Peña.

Los costos de producción de la película asumidos por Premiere Entertainment Group y Yari Film Group fueron de $1.4 millones de dólares, según comentó Elías Axume en una entrevista radial en La Tribu. Sin embargo, Axume estimó que esta película “podría costar $5 millones de dólares en otro país”, pero la inversión se redujo debido al apoyo de empresas extranjeras y del Gobierno de El Salvador a través de los Ministerios de Cultura, Turismo y la Fuerza Armada, que les “dieron ayuda gratuita”, desde el uso de locaciones nacionales como el Parque Walter Thilo Deininger, préstamo de armamento, helicópteros, soldados de la Fuerza Armada que participaron como extras y también les brindaron seguridad. Según Axume, las gestiones para obtener apoyo del Gobierno fueron realizadas por el productor asociado Carlos Figueroa. “Nos ayudaron a traer el equipo de (filmación) Panavisión. Nos ayudaron a tener descuentos en los hoteles (para los miembros extranjeros) con línea ejecutiva”, dijo Axume en otra entrevista para Tribuna El Salvador.

Además, Axume explicó la visión detrás de la cinta: “(La película) no documenta paso por paso lo que pasó. Crea una historia basada en hechos reales. Por ejemplo, el niño (José) nunca existió. Es una inspiración de muchas cosas. Muchos de los personajes sí existieron, pero les cambiamos el nombre. (...) Uno de los propósitos no es solamente darle honor a lo que pasó, sino también que la gente pase un tiempo… no podemos decir divertido porque es un tema delicado, pero que se entretenga un poco”.

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Luciérnagas en El Mozote
Algunos integrantes del elenco, productores y el director de Luciérnagas en el Mozote en Casa Presidencial, tras reunión con el presidente Nayib Bukele el 21 de noviembre de 2022. Foto: Secretaría de Prensa de la Presidencia

La película narra cómo un grupo itinerante de guerrilleros que comandan una radio clandestina en Morazán, liderado por Alma (Paz Vega) y Aurelio (interpretado por el colombiano Juan Pablo Shuk), descubren los estragos -la masacre- que dejó el batallón Atlacatl tras su paso por el caserío de El Mozote. Mientras los guerrilleros verifican los cadáveres de campesinos asesinados en el monte, se encuentran con José, un niño de diez años que se ha escondido detrás del pastizal y ha sobrevivido a la acción militar. La madre de José es una de esas civiles que el Ejército ejecutó. Ante el desamparo y el trauma que le ha quitado la voz al niño, Alma decide acogerlo y se convierte en su protectora. A partir de ahí, José acompaña al grupo guerrillero en una misión para emboscar al batallón -encabezado por el coronel Reynaldo (interpretado por el estadounidense Yanci Arias- y vengar la muerte de los habitantes de El Mozote.

El guión, según sus productores, se basa en el libro “Las mil y una historia de Radio Venceremos”, de José Ignacio López Vigil, y su título también es retomado de otra monografía testimonial, escrita a seis manos por el periodista Mark Danner, de la revista New Yorker, Carlos Henríquez Consalvi, de la entonces subversiva Radio Venceremos-, y una sobreviviente de la tragedia, Rufina Amaya, quien murió en 2007, pero cuyo testimonio quedó resguardado en piezas periodísticas de importantes medios internacionales.

Un miembro de la producción que habló con El Faro, a quien llamaremos Uve por su petición de anonimato debido al temor de que sus opiniones le traigan problemas políticos, dijo que desde el principio el equipo de la película no se planteó este guión como una pieza histórica, sino que se manejó como “una historia bélica situada en ese momento importante del país, sobre todo como una estrategia de marketing, y de alguna manera sí poner luz en que pasó algo grave e informar sobre el tema, pero no para exigir que se revelara lo que pasó realmente”. Uve reconoce que la producción se preocupó más por una preparación actoral que por una sensibilización sobre el tema, contratando incluso un entrenamiento con dobles de acción para que los actores pudieran adquirir conocimientos sobre cómo realizar saltos, piruetas y acciones físicas de combate.

Uve aseguró que no todo el equipo ni el elenco sabían de la existencia de la ayuda del Gobierno salvadoreño en la realización de la película. “Fue sorpresivo saber que, mientras se estaba rodando la película, se reunieron el director y los protagonistas con el presidente Bukele”, dijo en referencia al vídeo que difundió la Secretaría de Prensa de la Presidencia.

Uve calificó el discurso de la película como “tibio”, pero dice que esto responde a la falta de una industria cinematográfica sólida en El Salvador. Al hecho de que en el país no existe una ley de cine que propicie fondos y libertades a los creadores. “Aquí en las producciones, en un país donde casi no se hace cine, se tocan los temas de manera superficial, porque hay un miedo a que de repente ya no se puedan seguir haciendo películas. No te podés ir ni muy a la derecha ni muy a la izquierda porque los gobiernos de turno podrían quemarte, es decir, vetarte o censurarte”.

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Luciérnagas en El Mozote
Sobrevivientes del cantón La Joya, del municipio de Meanguera, en el departamento de Morazán, entierran a seis víctimas de la masacre de El Mozote en diciembre de 2017. En ese momento, el juicio por esta masacre, que persiguía a los autores intelectuales por la matanza de un millar de campesinos, se vería afectado con una nueva amnistía. Foto de El Faro: Víctor Peña.

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En 2022, año en el que se rodó la cinta, el Departamento de Estado de Estados Unidos señaló en su informe de país sobre prácticas de derechos humanos en El Salvador que las víctimas aún no habían conseguido acceso a los archivos militares para esclarecer detalles del caso. “La jueza en el caso de la masacre de El Mozote de 1981 escuchó el testimonio de testigos. [...] Sin embargo, el gobierno continuó negando a los peritos el acceso a los archivos militares para determinar la responsabilidad penal por la masacre de El Mozote, en contravenía de una orden judicial de 2020”, dice el informe.

El caso de El Mozote ha representado una larga lucha por obtener justicia en los tribunales por parte de quienes sobrevivieron y sus familiares. El período de instrucción se alargó durante nueve años y estuvo a cargo del juez de San Francisco Gotera Jorge Guzmán, que llevó el caso judicial desde 2016 y enfrentó desafíos y bloqueos por parte del Gobierno de Bukele.

En septiembre de 2020, el juez Guzmán intentó entrar al Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, con la intención de realizar inspecciones a archivos militares que podrían ser claves para esclarecer la masacre en Morazán, pero la acción fue impedida por el coronel Carlos Vanegas, pese a que tenía a la base una orden judicial emitida desde noviembre de 2019, calendarizada el 28 de agosto y notificada al Ministerio de Defensa y Presidencia a inicios de septiembre de 2020. “La prueba de inspección es un medio probatorio establecido y muy utilizado en nuestra práctica judicial. Va destinado a la búsqueda, identificación, localización de evidencia útil en la investigación de un hecho delictivo. La no realización de esta diligencia afecta al proceso y, desde luego, a las víctimas”, dijo el juez Guzmán en una entrevista con El Faro publicada en octubre de 2020.

El bloqueo al acceso a los archivos militares contradice una de las promesas hechas por Bukele cuando recién había asumido la presidencia durante su primer período constitucional. El 1 de noviembre de 2019, una semana después de que el juez Guzmán le requiriera públicamente acceso a los archivos militares relacionados con la masacre, Bukele se comprometió a abrir los archivos. “Estamos por que se conozca la verdad en todo su espectro: de la A a la Z. Es más, si el juez nos pide de la A a la F, nosotros vamos a hacer hasta la Z”, dijo el mandatario.

Pese a que un año antes Bukele se comprometió a abrir los archivos militares, en un acto público en el poblado de El Mozote el 18 de diciembre de 2020, sentó su postura oficial a través de un discurso en el que declaró que tanto el conflicto armado como los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra en 1996 son una farsa. "La guerra fue una farsa. Mataron más de 75.000 personas entre los dos bandos –incluyendo los mil de El Mozote- y fue una farsa como los Acuerdos de Paz”, arremetió.

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Luciérnagas en El Mozote
Discurso del presidente Nayib Bukele, durante su visita al caserío El Mozote en diciembre de 2020, en el departamento de Morazán. A su izquierda está Sofía Romero, sobreviviente de la masacre del 11 de diciembre de 1981. Foto de El Faro: Víctor Peña

En septiembre de 2021, Guzmán fue uno de los jueces purgados por las reformas a la Ley de la Carrera Judicial y fue destituido. Desde finales de ese año se encuentra en el exilio. Un año después de su destitución, el caso fue retomado por la jueza Mirtala Portillo de Cruz, quien cambió las reglas del proceso. Portillo se ha regido por la ley de 1973, prescindiendo de peritos expertos y creando un registro judicial de víctimas. Actualmente sólo están vivos 13 de los oficiales militares acusados, incluido el general Guillermo García, y el general de la Fuerza Aérea, Juan Rafael Bustillo. El 9 de diciembre de 2025, el caso pasó a la última etapa del proceso penal, en una resolución firmada por la jueza Portillo. Días después, el 22 de diciembre, según denunció Cristosal, el Juzgado de Instrucción de San Francisco Gotera informó que los abogados defensores de los militares acusados apelaron la decisión de llevar el caso a juicio. “Esperamos que la decisión de la Cámara esté apegada a la justicia y se avance en la superación de la impunidad que ha prevalecido más de cuatro décadas en este caso”, dijo Cristosal en un comunicado.

Aunque el hecho ocurrió en 1981, las víctimas presentaron una denuncia hasta 1990. Ese caso se cerró en 1993 con la aprobación de la Ley de Amnistía, que perdonaba los crímenes de la guerra. Pero en 2016, esa ley se declaró inconstitucional y el caso fue reabierto. Desde entonces, el jefe de justicia transicional de la fundación defensora de derechos humanos Cristosal, David Morales, ha sido el abogado querellante en el caso judicial.

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El Faro consultó a Cristosal si su jefe de justicia transicional, David Morales, quien ha sido abogado querellante en el caso judicial, había sido contactado por la producción para la construcción del guión. Cristosal respondió que no. Tampoco se tuvo en cuenta a La Asociación Promotora de Derechos Humanos de El Mozote (APDHEM), una de las principales organizaciones que ha articulado el testimonio de las víctimas ante la justicia internacional. Su presidente, Leonel Claros, dijo a este medio: “No nos comentaron ni nos invitaron ni nos hicieron ninguna pregunta sobre el tema. La película no ha sido para mover historia ni contar algo real de El Mozote, sino que sólo tiene escenas para favorecerse comercialmente”.

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Pese al argumento, la película no se centra en narrar los atroces hechos de la masacre ni le dedica el suficiente espacio como para dimensionar sus causas, consecuencias, implicaciones y actores claves, aunque la cinta está dedicada a la memoria de las víctimas, según se puede leer en el epígrafe con el que inicia. La masacre es, en cambio, un mero vehículo narrativo que detona una serie de persecuciones, encuentros y desencuentros, entre el grupo de guerrilleros y sus némesis tropas del Ejército. Lo que ocurrió en El Mozote fue un acto de ultraviolencia en el que fueron asesinadas, según el propio Estado salvadoreño, 978 personas, de las cuales 553 eran menores de edad, y tuvo lugar en el marco del conflicto armado interno salvadoreño, un hecho social de grandes dimensiones que tampoco se explica en esta película. En una guerra sin contexto resulta difícil comprender el papel de la guerrilla y de la Fuerza Armada. Tampoco se puede entender el lugar de las víctimas ante su carencia de identidad e historia.

En el filme nunca sabemos cómo era El Mozote antes de la masacre. No conocemos quiénes lo habitaban, cómo vivían, qué hacían ni por qué fue precisamente ese lugar el escenario de la masacre. Las víctimas son despojadas de su humanidad y reducidas a cuerpos sin vida utilizados como elementos escénicos. En una hora y 44 minutos de metraje, las escenas que intentan reconstruir la vida cotidiana de los pobladores apenas y caben en los primeros veinte minutos.

Los espectadores entran al relato sin ninguna pista de las motivaciones políticas que mueven a sus protagonistas. Da por sentado que la audiencia ya sabe por qué en El Salvador hubo una guerra interna. A veces los personajes hablan de sus pasados y dicen algunas líneas para justificar su participación en la batalla, pero no hay mayores elementos de rigor que expliquen e identifiquen al telón de fondo que cobija a ese conflicto armado en particular.

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Luciérnagas en El Mozote
El equipo de filmación de Luciérnagas en el Mozote realizan tomas de una escena de acción, en la que se está utilizando un helicóptero prestado por la Fuerza Aérea del Ministerio de Defensa de El Salvador, durante el rodaje en 2022. Foto retomada de: IMDb

Por ejemplo, con Alma se intenta profundizar mediante un diálogo en el origen de su convicción guerrillera, pero ese esfuerzo resulta superficial ya que sus decisiones se justifican desde la venganza, pero no se conocen sus ideas políticas ni las del grupo guerrillero al que pertenece. De él no se sabe ni el nombre y no hay información sobre su articulación, su estructura o quiénes la conforman.

A lo largo de la trama, la masacre se presenta desde la perspectiva de casi todos los personajes, excepto desde la del único sobreviviente. Irónicamente, José atraviesa gran parte de la película sin intervenir y sin narrar su propia historia, en parte justificando su mutismo como una consecuencia del trauma. Pero este silencio no opera como un recurso narrativo potente, sino como una omisión que termina por vaciar la historia. Esta ausencia de voz y perspectiva no sólo afecta la representación de las víctimas, sino que se extiende en la construcción de los personajes, quienes se convierten en testigos pasivos sin un arco narrativo claro.

Debido a esa falta de contexto y desarrollo, el relato podría ocurrir en Camboya, Vietnam, Colombia o Irak, y no cambiaría gran cosa -salvo cuestiones como los decorados de los escenarios-. Lo que presenta es una guerra entre rebeldes que están furiosos con los soldados que representan al Estado; y esos soldados son unos tipos desalmados que llegan a poblados para asesinar a sus habitantes. Nada que no hayamos visto antes en la historia del cine bélico.

El equipo técnico ha hecho un digno esfuerzo por generar una verosimilitud en el relato a través de la fotografía, los efectos especiales y el diseño sonoro. Pero el contenido que está manufacturado con toda la dedicación y el arsenal del departamento de artes y cinematografía, que es la mayor fortaleza de la cinta, queda relegado a una mera épica guerrillera que da la sensación de haber llegado al sitio de El Mozote por puro accidente.

Los soldados del batallón Atlacatl, muchos de ellos entrenados en la Escuela de las Américas, asesinaron a los habitantes de El Mozote porque en ese contexto se emprendió una campaña nacional en contra del comunismo. La inteligencia estadounidense, aliada al Gobierno militar salvadoreño, había mapeado algunos espacios rurales de El Salvador como campamentos guerrilleros, colocando a El Mozote y otros sitios aledaños como una de esas zonas con fuerte presencia guerrillera.

En una escena, en la que el coronel Reynaldo se reúne con otro militar de alto rango para presentar un informe general de la situación del conflicto armado, ambos hablan del millonario financiamiento que Estados Unidos le está haciendo al Ejército salvadoreño, pero el dato queda completamente suelto, sin desarrollo ni consecuencias narrativas, funcionando más como una referencia superficial que como un elemento que ayude a comprender la dimensión política de la guerra.

Las órdenes de aquella masacre fueron dadas bajo la estrategia militar conocida como “tierra arrasada”: la eliminación total de una comunidad por sus supuestos vínculos con las fuerzas revolucionarias. Pero esto tampoco se explica en la película.

El grupo de guerrilleros protagonistas también posee equipos de grabación radial. Son las herramientas con las que operaba en su momento Radio Venceremos, una iniciativa de comunicación clandestina, itinerante y popular que sofisticó la guerrilla salvadoreña en el norte de Morazán, y que era transmitida ilegalmente tres veces al día por la onda nacional de radio gracias a intervenciones hechas por sus miembros. La Venceremos, como era popularmente conocida, fue clave en el desarrollo de tácticas contrainsurgentes, pero también en la divulgación de noticias y contenidos izquierdistas que contrarrestaban la propaganda oficialista.

La radio fue fundada por el periodista venezolano Carlos Henríquez Consalvi, de alias Santiago, a quien El Faro contactó por una aplicación de mensajería para conocer su opinión sobre la cinta o si había sido tomado en cuenta para su realización, pero al cierre de esta nota no hubo respuesta.

Si bien en la película se esboza la importancia de las operaciones comunicativas de Radio Venceremos, no se detalla su historia y su desarrollo como medio de comunicación alternativo. Ya en otra película, “Trampa para un gato” (1994) del director Manuel de Pedro, se relata la historia de dos venezolanos que se unen a la causa guerrillera de El Salvador para fundar la radio, pero la diferencia entre uno y otro metraje es la relevancia y centralidad que se le da al tema.

Es verdad que una película no tiene la obligación de transmitir conocimientos históricos exactos cuando ella misma pretende ser una ficción, pero cuando una producción elige retomar elementos tan icónicos del pasado -y que incluso aspiran a ser un revisionismo para las nuevas generaciones de espectadores- debería interesarse en afinar la introducción de esos elementos que forman parte esencial del relato, y no verse solamente como meros decorados.

En un ensayo titulado “Cine histórico: diálogo con el pasado”, publicado en junio de 2013 por la revista Letras Libres y firmado por la crítica de cine Fernanda Solórzano, se discute el rol que poco a poco ha adquirido el cine en la vida colectiva para introducir discusiones sobre hechos y elementos de la historia de un país: “Poco a poco y con resistencias, los historiadores han reconocido que el alcance de las películas históricas es mayor que el de los textos escritos. En un entorno de rechazo al libro, han observado cómo este género cinematográfico ha tomado el rol de maestro –con la ventaja de no presentarse como una imposición–. Cada vez más, académicos e investigadores asesoran guiones, participan en paneles de discusión sobre una película, y aparecen en los materiales extra de las ediciones en DVD”.

Otro punto llamativo en esta película es cómo la violencia forma parte de su cuerpo dramático, y funciona como un resorte para mover la trama, para desarrollar acciones, para configurar secuencias y construir imágenes cinematográficamente apabullantes pero carentes de una dimensión crítica. Un ejemplo es un enfrentamiento que ocurre entre los soldados y los guerrilleros, hacia el final de la cinta, en algún tramo cerca de la subida al volcán de San Salvador conocido como El Playón, en donde vemos explosiones, balaceras y hasta brazos cercenados, pero en el conjunto de toda la trama carece de un significado más amplio que lo que nos remite inmediatamente la imagen. Otro ejemplo: al inicio hay un esfuerzo por subrayar el estado de los cuerpos de campesinos masacrados por militares en escenas de fusilamientos, ahorcamientos, intentos de violaciones o el aparecimiento de momias ennegrecidas por el calor tropical de Morazán. El problema no es exhibir las expresiones del odio en el cuerpo de los otros. El curso de toda guerra es así, sin pulcritud alguna, pero en esta película no queda claro quiénes eran esas personas masacradas -como colectivo- ni si tenían algún rol particular en el conflicto bélico. Su aparición acá se reduce al efecticismo que da la imagen de un grupo de hombres, mujeres y niños que corren bajo una lluvia de balas que les revientan la carne o les destripan las cabezas.

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Luciérnagas en El Mozote
En la masacre de El Mozote fueron asesinadas alrededor de 978 personas, de las cuales 553 eran menores de edad, según cifras del propio Estado salvadoreño. A 44 años del crimen, los altos mandos de las Fuerzas Armadas, acusados de perpetrar el crimen, aún permanecen impunes. Foto de El Faro: Daniela Rodríguez / AFP.

Una película siempre es una conversación sugerida por su autor. La que sugiere la obra póstuma de Ernesto Melara apunta a un tema de representatividad. Ha abierto un debate necesario sobre cómo queremos ver representado en el cine uno de nuestros episodios colectivos más tristes. La posibilidad de hacer una película sobre un caso del conflicto armado que ha padecido desde el negacionismo oficial, pasando por el aprovechamiento ideológico, hasta el desprecio institucional, abre las puertas a una conversación pública que va más allá de la película misma y es el que nos deberíamos haber hecho hace 44 años, cuando el mundo se enteró de que miles de niños y población civil había sido eliminada en un acto genocida que fracturó, inevitablemente, el curso de la vida pública de todo un país. El esfuerzo por contar ese hecho y las decisiones que se tomen para hacerlo será siempre, inevitablemente, un gesto político. De alguna manera ya lo había dicho la sobreviviente de la masacre Rufina Amaya en sus memorias, en Luciérnagas en el Mozote, el libro del que la película retoma su título: “Siento un poco de temor al hablar de todo esto, pero al mismo tiempo reflexiono que mis hijos murieron inocentemente. ¿Por qué voy a sentir miedo de decir la verdad? Ha sido una realidad lo que han hecho y tenemos que ser fuertes para decirlo”.

*Con reportes de Andrés Dimas y Nelson Rauda

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